Elio Portocarreo y la
historia que nunca se contó
Por Julio Yovera
B.
Ficha del Libro:
Título: La historia que nunca contamos,
La experiencia
guerrillera del MIR de 1965.
Autor: Elio Portocarrero Ríos.
378 páginas.
Impreso por: Trycckt hos Författares Bokmaskin, Stockhoml 2011.
ISBN 978-91-9737-0
Ayavaca es cuna de hombres trabajadores,
sencillos y cordiales; es también la tierra de personalidades notables como Hildebrando
Castro Pozo, el intelectual que desde una posición socialista y con el rigor de
las ciencias sociales de su tiempo, estudió las comunidades campesinas; Juan Luis Velásquez Guerrero, autor de Perfil
de Frente, amigo de Vallejo, quien asumió la pasión de la poesía y la vocación
del político revolucionario; Lizardo Montero, Florentino Gálvez Torres, Ignacio
Paucar, Jorge Hurtado Pozo, José Hurtado Pozo, entre otros más. También el
líder fascista del Perú, Luis Alberto Flores Medina, nació en Ayavaca.
De Ayavaca es el Señor Cautivo,
ese ícono de la fe que creyentes de distintas partes del mundo católico llegan
a visitarlo y a agradecerle por la gracia recibida. En Octubre, ese pueblo
enclavado en una de las vertientes de los andes occidentales, se convierte en
la Meca del peregrinaje peruano.
Ayavaca es la sede de Yantuma, de
Cerro Negro, de los montes de Olleros, de la ciudadela de Aypate, de las
figuras misteriosas de los laberintos pétreos, de los páramos de Cuyas. Ayavaca es la tierra de los bravos guayacundos
que resistieron, a sangre viva, la invasión quechua. Es la sede donde hoy se juega el destino de una parte
del país sintetizada en esa dicotomía que polariza: o agricultura, turismo y
medio ambiente o minería y contaminación.
Esa tierra fue, por su ubicación
estratégica, una de los tres frentes guerrilleros que abrió el Movimiento de
Izquierda Revolucionaria, MIR, organización que planificó, impulsó y desarrolló
una de las experiencias de insurrección que se dieron en el Perú de la década
del 60 y que lideró el comandante Luis Felipe de la Puente Uceda.
Hasta ahora no había un documento,
una sistematización de esta experiencia. Hoy, gracias al esfuerzo de uno de sus
protagonistas, Elio Portocarrero Ríos, natural de Ayavaca, tenemos un libro,
que no obstante su carácter de testimonio de parte, y por eso mismo, cargado de
emoción y probablemente de subjetividad, es un documento valioso que nos
permite conocer uno de los capítulos heroicos de la lucha del pueblo peruano y
latinoamericano en pos de su liberación.
Llegamos al libro de una manera
casual, pese a que nuestro amigo, el
infatigable promotor cultural, periodista
Raúl Fernando Moscol León (RAFEMOLE), lamentablemente fallecido y por entonces
Decano de la orden, en Piura, después de presentar y comentar el libro (viernes
9 de marzo de 2012), nos comunicó telefónicamente que había guardado un
ejemplar para quien escribe estas líneas. Hace poco, Junior Velasco, joven
universitario de la Coordinadora de Izquierda de Piura, me prestó el libro y en
3 días de intensa lectura puedo decir que su lectura nos ayudó mucho a conocer
mejor esta experiencia.
Cuando se ama la tierra, por muy
lejos que se esté, siempre se le añora y la distancia, paradójicamente, hace
que el ausente se arraigue más a ella. Recuerdo el caso de César Vallejo.
Quienes lo conocieron y acompañaron en París, refieren que siempre hablaba de su
Santiago de Chuco, que lo llevaba en el alma y que en cierta ocasión,
interrogado por las autoridades sobre su origen y procedencia, no aludió al
Perú, sino a su tierra natal. De otro lado, me contaron no hace mucho, que Don Alejandro
Pozo, ayavaquino, en los últimos años de su vida, en pleno invierno parisino,
paraba un taxi y preguntaba si podían llevarlo a su casa de Ayavaca. Hago esta digresión porque la portada del
libro no exhibe una foto del mítico comandante, tampoco hay una alegoría a la
epopeya, no. En la portada se exhibe la foto de Aypate, la ciudadela inca, obra
magnífica construida cuando el poder quechua avanzaba hacia el norte. Puedo afirmar que Elio ha escrito su libro
en el extranjero pero arraigado a su tierra.
En la obra, Portocarrero describe
con emoción y aprecio infinitos a sus camaradas líderes como Luis de La Puente,
Máximo Velando, Guillermo Lobatón, Walter Palacios, Héctor Gadea, hace
referencia a compañeros como Gonzalo Fernández Gasco, Julio Rojas, Gerardo
Benavides, Jorge Merino Jiménez, Raúl More, Luis Pizá, el Dr. Albán Ramos, Mario
Calle, entre otros muchos más. A los históricos, a los que murieron, llegamos a
tenerles profundo respeto; con los que aún viven, con una parte de ellos, hemos cultivado una relación cordial, y, con
otros, hemos sentido admiración y afecto. Hace algunos años, con Walter Palacios
tuvimos en Santiago de Chuco un grato encuentro, fue con motivo de la Telúrica
de Mayo, cónclave mundial que organiza Capulí, Vallejo y su Tierra, en homenaje
al poeta planetario. Don Walter nos dijo algo que nos conmovió, “antes de irme,
he venido a encontrarme con Vallejo y a reencontrarme con Lucho”. Y es que, en
efecto, las casas de ambos son templos que se visitan para reflexionar sobre
sus vidas y el destino de nuestros pueblos.
Volviendo al texto, más allá de
discrepancias o de probables diferencias que el autor guarde con algunos de los
personajes que refiere, lo cierto es que ahí están los que intentaron –los que
se atrevieron – a “tomar el cielo por asalto” y eso ya es bastante.
Cada capítulo, diez en total, nos
deja una lección, una enseñanza. Aquí no vamos a referir cada uno de ellos, lo
que hacemos es comentar brevemente algunos. Hay un capítulo dedicado a la
sinuosa historia del APRA, cómo fue que el partido que emergió con un neto carácter
antiimperialista terminó convirtiéndose en un partido sin personalidad
histórica, al extremo de traicionar a sus postulados, a su militancia, a su
pueblo. Degeneración ideológica y oportunismo tienen que ver con ello.
Vista los fenómenos sociales desde
una perspectiva dialéctica, vale decir revolucionaria, la oligarquía, las
clases dominantes están descalificadas para
emprender un proceso realmente liberador. En el Perú de hoy, cuando
vemos que todos los gobiernos, no obstante que algunos de ellos llegan al poder
con promesas de reformas, se ratifica como válido el pensamiento del Amauta
José Carlos Mariátegui Lachira, en el Perú no tuvimos nunca clase dirigente,
sino dominante y coincidimos con el autor del libro cuando dice que la
burguesía criolla llegó tarde a la historia.
Un capítulo conmovedor es el que se
refiere a la descripción física y espiritual de Luis de la Puente Uceda, el
líder del movimiento guerrillero y con seguridad uno de los hitos sobresalientes
de los revolucionarios del mundo, que se entregó con pasión y mística a la tarea
de trocar el camino hacia la liberación de la patria, entendiendo ésta como parte
de la lucha por la libertad de la humanidad. Elio Portocarrero, basándose, de
un lado, en sus largos años de amistad y, segundo, tomando como fuente el texto
del Dr. Sigifredo Orbegoso sobre el jefe guerrillero, tiene frases de
admiración para el hombre que como pocos no ordenaba nada a sus huestes si es
que él primero no lo hacía, y que, como pocos también, unió la acción a la
palabra:
(Lucho) “Siempre tuvo el respeto,
cariño y admiración de los que lo rodeaban…” “siempre estaba alegre y trasmitía
ese estado de ánimo a todos los compañeros, pero cuando se molestaba, su rostro
se ponía tenso y rojo. Por eso lo llamábamos el “colorado” cariñosamente.
Siempre tuvo nuestra admiración y respeto y a la vez, merecedor de gran
confianza en su persona, por parte de los que lo rodeábamos”. Podemos conocer
esa elevada ética que lo hacía ser absolutamente respetuoso con los bienes del
pueblo, “los recursos del pueblo son sagrados” solía decir y esto era para él
un principio que nada ni nadie podía quebrantar.
Fue de La Puente quien diseñó los
planes militares, partiendo de la concepción que la revolución se hace y que en
sociedades como la nuestra, un camino seguro, que garantizaría el éxito de la
hazaña guerrillera sería el de instaurar bases con capacidad de movimiento y
con vínculos sólidos con la población. Esto, como el mismo autor reconoce, no
siempre lo entendieron sus camaradas. En oportunidades se priorizó más el
trabajo gremial de las masas campesinas, lo que iba en contra de los acuerdos
tomados en su C.C.
El trabajo de Portocarrero también
explica cómo se fue tejiendo la organización y como es que se deciden la
creación de los tres escenarios estratégicos: del Norte, del Centro y del Sur.
Obviamente porque su experiencia fue en la zona de Ayavaca, nos narra con más
detalle las actividades del frente del
Norte. Admirable su relación, acaso porque era natural de ahí, con la población,
no solo con el campesinado sino con todos
los sectores sociales, incluyendo las autoridades, que les daban refugio; acertada también la decisión de tomar una zona
de difícil acceso, que le permitiría a la guerrilla una facilidad de desplazamiento
para ingresar o salir del país desde o hacia el Ecuador, y para avanzar desde
la base guerrillera a la costa o sur andino o hacia la zona amazónica.
En el libro aparece de manera
explícita la solidaridad que en todo momento mantuvo la revolución cubana, que
fiel a su internacionalismo, apoyó las gestas que buscaban liberarse del yugo
que por siglos han impuestos los imperios.
Al mismo tiempo, es desalentador
los fracasos permanentes por lograr la unidad de las fuerzas de izquierda. Esto
se ha convertido en un estigma difícil de superar. No se pudo en el pasado
histórico lograr la unidad del pueblo para hacer frente a retos comunes.
Fracasó todo intento de unidad con propuestas revolucionarias insurreccionales,
como fracasaron también los intentos de unidad para hacer frente a la lucha
política electoral. En las dos formas de
lucha, la unidad no se ha logrado hasta ahora. Pese a los esfuerzos, el MIR, el ELN, los llamados “becados”, la unidad no
fue posible y esa fue una de las debilidades que aún marca a nuestro pueblo.
El libro es autocrítico y nos
deja una lección. Las organizaciones pueden estar bien preparadas, muy bien
organizadas, cohesionadas ideológica, política y militarmente, pero un solo
error equivale a la derrota. El libro, aun cuando no lo dice de manera
explícita, deja entrever que si ben el CC era un colectivo, había una distancia
enorme entre el nivel logrado por Luis de La Puente con los demás miembros de
la dirección. La autoridad política, ideológica y militar del comandante era el
nervio de su cohesión. Cuando cayó, ninguno de los que le sucedieron tenía la
capacidad para darle salida favorable a los problemas.
Los principales líderes fueron
cayendo, otros tuvieron a adecuar su vida a las nuevas condiciones. Y,
entendemos, que la duda jugó su rol. El imperialismo suele crear desconfianzas,
maquinar. Eso también sucedió en el MIR, aún no está esclarecida la situación
del destacado guerrillero Enrique Amaya, sobre cuya vida, la CIA ha afirmado
que, con él infiltró a la organización, cosa que es refutada por Portocarrero.
En suma, el libro ayuda, nos
vuelve la mirada a un pasado reciente, nos permite admirar el coraje de un
núcleo de hombres que en pos de ideales dejaron familia, amores, en tanto que otros
perdieron la vida. Hay en el trabajo de Portocarrero un homenaje a Basilio Chanta
Granda, nombre que escuché por primera vez cuando era estudiante de la Ex
Escuela Normal de Piura, cuando los compañeros dirigentes estudiantiles
vinculados al MIR de entonces, lo coreaban en sus consignas, para demostrar que
cuando un revolucionario muere, nunca muere. Con el libro he llegado a conocer
su procedencia campesina y su pureza revolucionaria.
El libro, en el Perú, ha sido ignorado.
Nadie, ni crítico ni comentarista de publicaciones ni politólogos, han dicho
una palabra sobre este trabajo, que ayuda a entender mejor la experiencia
guerrillera y que, por eso mismo, debe resultar incómodo abordar a aquellos que
suelen calcular o graduar sus opiniones. Nosotros lo hacemos porque creemos que
la palabra de un guerrillero que habla de su experiencia, es un valioso
testimonio de parte; más aún, cuando las grandes metas e ideales que los llevó
a la acción, aún son vigentes. Si con las reformas del general Velasco se
avanzó, lo que ha venido después ha sido un permanente retroceso. Otra gran lección: la revolución es un acto de
amor, de respeto a las masas, al pueblo. Los que agreden a las masas a nombre
de la revolución sencillamente están descalificados para llamarse
revolucionarios. Esto lo dice, Elio Portocarrero, que junto con todos sus
camaradas tuvieron el coraje de intentar hacer la revolución.