Escribe: Julio Yovera.
Después de la segunda guerra
mundial, los países de los continentes de América Latina, África y Asia, se
convierten en escenarios de movimientos libertarios. En Cuba, isla del archipiélago
caribeño de 109 884,01 kilómetros cuadrados, un minúsculo contingente
guerrillero se prepara.
El conductor de la
revolución es Fidel Castro Ruz; un joven en el que ya se asomaban cualidades
que van afirmándose con los años: voracidad lectora, capacidad aguda de
observación; proclividad a la acción, habilidad para teorizar desde la
práctica. Consciente que el poder conservador de su país era duro e intransigente,
poco o nada había que esperar de él. De manera que aquello que obtendría para su
pueblo sería lo que conquistaría por la vía armada. Más aún, después de un
intento fallido y cuando advirtió que el Partido Comunista de su país duda y
vacila para organizar al pueblo y levantarlo; decide organizarse y emprender su
propio camino.
Un mérito suyo fue no olvidar
el pasado en nombre del presente. Entiende que su experiencia es un paso más
del largo camino hacia la liberación; que lo suyo no debe asumirse al margen de
las tradiciones patrióticas de su pueblo. Esto es meritorio pues el socialismo
que asumiría después tendría mucho de la experiencia internacional y mucho de
las raíces rebeldes de su pueblo.
Con esa visión, las fuerzas
sociales de la revolución que él organiza, incorporaran en su subjetividad y en
su conciencia el legado de José Martí, quien en 1892 había creado el Partido Revolucionario
Cubano. Así también, reconoce e incorpora el legado del Partido Comunista Cubano
que había fundado un núcleo de estudiantes y obreros animados por Julio Antonio
Mella, en 1925. Fidel entiende perfectamente que un partido político no es solo
un cuerpo de postulados generales, sino
la fuerza organizada para la acción y para la elaboración de ideas, muchas de
ellas extraídas del bagaje de la historia de su pueblo.
Fidel corona su victoria, la
que forjó en Sierra Maestra. El 1 de enero de 1959 se proclama en La Habana el
triunfo de la revolución. La travesía había empezado el 25 de noviembre de 1956
en las costas de México. Fue en el mítico Granma que los patriotas se hicieron al
mar para intentar encontrar el tesoro perdido de la dignidad.
Cuando Fidel triunfa aún no
era comunista. Su movimiento lo hace bajo las banderas del movimiento 26 de
Julio. Con él forma su ejército guerrillero y era un convencido que con él iría
a la victoria. El pueblo cubano estaba harto de corrupción, entreguismo,
miseria, putería exclusiva para millonarios. En tanto, en las zonas rurales,
las capas y la clase campesina se abatían en la miseria y el desempleo. La
correlación de fuerzas a nivel nacional le resultaba favorable. Las clases
dominantes, además de conservadoras y reaccionarias eran frívolas y sin el
menor interés por enmendar el país. La mendicidad harapienta y la mendicidad
elegante estaban a la orden día. No todos estaban de acuerdo con ese destino.
No solo los factores nacionales
eran favorables, también la correlación internacional inclinaban la balanza a
favor de la revolución. El imperialismo yanqui salía triunfante pero agotado de
la segunda guerra mundial. Lo mismo ocurría con los otros imperios: Inglaterra
y Francia. Ni qué decir de los vencidos: Alemana, Italia y Japón. Las
estructuras productivas de esos países estaban colapsadas. Todos ellos se
enfrentaban a sendos movimientos de liberación nacional y a la rebelión en sus
propios países. El pueblo vietnamita estaba alzado en armas, La guerra popular de
China, dirigida por Mao, había triunfado, Corea en 1950 se había dividido y
estaba en auge el socialismo. Ahí donde las guerrillas no surgían, los obreros y
campesinos se decidían a la acción directa. Fidel tuvo la certeza que ese era
el camino y avanzó. Demostró que pretender que las masas y los países pobres
carguen el enorme fardo de la crisis, era un acto criminal.
La voz y la acción de Fidel
y de su pueblo, triunfante la revolución y ya instalado el gobierno de los
guerrilleros y el pueblo, se convirtieron –para utilizar la frase de Marx en El
Manifiesto Comunista - en los fantasmas que recorrían los caminos del mundo.
Alentaron las luchas revolucionarios en distintas latitudes del planeta. El Che
inicia su acción guerrillera intentando crear un foco que extendiera la
revolución en todo el continente. Fracasó, pero nunca como después de él, el
sueño de Bolívar: construir la patria grande se hizo tan necesario y posible.
Cuando Fidel asume la
conducción del Gobierno y del Poder, estudia de manera aguda y crítica, las
diversas doctrinas políticas. Después de un profundo análisis opta por el
marxismo – leninismo, pero, igual que nuestro José Carlos Mariátegui, no lo
asume como un dogma, sino como una concepción del mundo, como una teoría del
conocimiento, y como un método de investigación y de acción. Las fuerzas
progresistas, patrióticas, nacionalistas y democráticas de su país, lo veían
con simpatía, pero al dar ese paso meditado, hacerse socialista y declararse
marxista, dio motivos para que sus viejos amigos y aliados le dieran la
espalda. Desde ese momento, se va a conocer otra etapa de su vida: la del
hombre íntegro, que sabe enfrentar los riesgos de su consecuencia y coherencia.
Reconstruye las fuerzas
comunistas y revolucionarias. Lo hace sobre bases no solo de generalidades teóricas,
sino estudiando para extraer de la realidad cubana una teoría de la revolución.
En América Latina por primera vez desde un Partido Comunista en el poder se
estudia y se incorpora como legado del socialismo la lucha patriótica del
pueblo. Y reconoce como padres espirituales de su patria a Antonio Maceo y José
Martí.
Fidel es honesto cuando dice
“no soy comunista”. No es que estuviera haciendo un juego táctico, sino que, en
efecto, por entonces no era comunista. Se hace comunista porque del conjunto de
disciplinas ideológicas, el marxismo le permite entender los hechos de manera
científica e integral. Se hace marxista porque no encontraba ruptura ni
divorcio en la conducta patriótica de
quienes le habían precedido en la lucha por la independencia de su país con la
lucha internacionalista y anti neocolonial de los pueblos.
El marxismo, aplicado de
manera consecuente le dio una mejor lectura de la realidad nacional e internacional.
Comprendió que si confiaba en las masas, la revolución podía enfrentar,
resistir y sortear todas las dificultades. Eso que en el pensamiento de los clásicos se llama línea de masas fue lo
que hizo posible que Fidel confiara en el pueblo.
En circunstancias históricas
muy especiales: la movilización para vencer al analfabetismo, las campañas en
la zafra, la permanente demanda de respeto a la soberanía de Cuba, su labor
internacionalista tuvo en la identificación y protagonismo de su pueblo al
factor clave de la victoria.
También fue un hombre
respetuoso de las experiencias de los países hermanos. En Angola apoyó al
pueblo armado porque allí había una experiencia de ese tipo. En Chile, cuando
Salvador Allende accedió al gobierno por la vía electoral, Fidel respaldó ese
proceso, pero advirtió con tino que no había que perder de vista que en las
fuerzas armadas existe el peligro latente que el fascismo brote y se
desarrolle. No preparar al pueblo para enfrentar esos peligros resulta siempre fatal.
Una revolución auténtica
tiene que desarrollar sus fuerzas productivas. Fidel y los líderes del pueblo trazaron
y ejecutaron planes para impulsar una educación de calidad, y crear los medios que
hagan válidos y solventes los aprendizajes. Cuba ha desarrollado una educación que es un
ejemplo para la humanidad. Sus expertos se desplazan a cualquier punto del
planeta para contribuir a la calidad de la educación en las sociedades que la
priorizan.
Su salud pública se ha
beneficiado con los aportes de la ciencia. Cuba se ha convertido en una
sociedad que investiga en salud y es conocido, que su interés no es el lucro sino servir a la
humanidad. Diariamente la isla acoge a cientos de visitantes, pese a las campañas
que promueven los sectores adversarios del socialismo. La educación y la salud
al servicio del hombre es un aporte del jefe de la revolución Fidel Castro y
del pueblo. La comunidad mundial admira el desarrollo de Cuba en diversas
disciplinas deportivas y en nivel elevado de cultura que ha logrado.
Fidel es un ejemplo de ética
revolucionaria. Cuando la correlación de fuerzas le fue favorable al
capitalismo, en 1989 y cayeron las sociedades de modelo soviético en Europa del
Este, muchos socialistas vacilaron. Más aún, cuando surgió en toda su ofensiva
el neoliberalismo, Fidel y Cuba se mantuvieron firmes. En esa decisión fue
indiscutible la autoridad del Comandante quien se reafirmó en sus convicciones.
Su apasionada identificación con sus ideales es lo que más aprecia y valora el
pueblo y la comunidad internacional.
Algunos lo comparan como un
Quijote moderno pero con una diferencia. Sus enemigos no son los malinos de
viento sino los dueños de las maquinarias de la muerte, a quienes Fidel ha
vencido. Una de las primeras batallas que ha ganado después de su muerte es
desmentir a la caverna mundial, que desde sus medios informativos lo hacían
aparecer como un boyante millonario. Lo que hacían era burdo y ruin: ponían en
sus activos personales (que nunca los tuvo), lo que en realidad era patrimonio de su pueblo.
La revista Forbes, ha quedado en ridículo para siempre.
Su muerte estaba anunciada
pero como decía Mao Zedong, la muerte de un hombre tiene el significado del
peso de una montaña o el peso de una pluma. Quien muere por los intereses de la
humanidad y de los pueblos, su muerte tiene el peso de una montaña.
Millones de cubanos lloran y
miles celebran; estos últimos salieron de su país porque entendían que la
libertad debe servirles para que una buena cantidad de horas de su vida limpien
trastes e inodoros, y el resto del tiempo se “diviertan” y “gocen” con los
placeres que da la vida intrascendente.
Ahora que Fidel no está, la
revolución cubana tendrá que enfrentar grandes retos, pero será duro aunque no difícil.
Hombre previsor, el Comandante preparó al Partido y a su pueblo para que se
puedan conducir bien sin él.
Por eso es un ejemplo para
Cuba y para los pueblos del mundo. Como dijo el Nobel de Literatura Gabriel
García Márquez:
“José Martí es su autor de
cabecera y ha tenido el talento de incorporar su ideario al torrente sanguíneo
de una revolución marxista. La esencia de su propio pensamiento podría estar en
la certidumbre de que hacer trabajo de masas es fundamentalmente ocuparse de
los individuos”.
Esa sea cita del autor de “Cien
años de soledad” quizá sea la mejor síntesis de la vida y el pensamiento de un
hombre del siglo XX y el siglo XXI.