jueves, 20 de junio de 2013

El apellido tallán de José Carlos Mariátegui Lachira.


Por Julio Yovera B.
 
El  Amauta que todos conocemos como José Carlos se llamó en realidad José del Carmen Eliseo Mariátegui Lachira. De su origen por el lado paterno hay datos suficientes; sin embargo, de la madre se ha dicho poco, casi nada. En esta oportunidad damos un breve adelanto de una investigación que estamos haciendo sobre el origen materno del fundador del socialismo científico en el Perú.

La primera vez que escuchamos del origen tallán de José Carlos fue a nuestro profesor de educación primaria, Jacobo Cruz Villegas, docente que tenía la particularidad de penetrar su mirada en las raíces de su cultura y ser, además de luchador social, laborioso investigador. Por él supimos que cuando vinieran los hispanos, acá, en estas tierras, teníamos ya una cultura superior. 
En efecto, historiadores como Juan José Vega señalan que los tallanes eran una “Etnia costeña de las más importantes del Incario, moraban los tallanes en las partes bajas y medias de las cuencas de los ríos llamados hoy Chira y Piura y en varias caletas dispersas de la costa. Por su vitalidad, esta nación sólo resulta comparable con la colectividad de los chinchas y con la de los chimúes dentro del marco litoral. Regidos los tallanes por una antigua y orgullosa aristocracia, tuvieron idioma y dioses propios, así como una economía múltiple, bastante diversificada” (VEGA, J.J.)

El maestro Jacobo Cruz nos enseñó a sentir orgullo por nuestros ancestros. Nos habló de Cutivalú, el guerrero rebelde que enfrentó a los españoles, de José Cayetano Heredia,  el padre de la medicina peruana, de Micaela Yarlequé Poicon, la rebelde comunera que luchó contra el gamonalismo, Alejandro Taboada el líder sindical petrolero asesinado por órdenes de la IPC, y nos refirió que el abuelo del más grande de los peruanos, José Carlos Mariátegui,  Don  José del Carmen Lachira, fue un tallán puro, es decir, un cataquense.

En una oportunidad, en la década del 70, el poeta cusqueño Luis Nieto fue invitado a dar una conferencia en el Municipio de Catacaos, dijo casi textualmente: “ustedes tienen que estar orgullosos de sus orígenes, pues, de ésta es tierra de tallanes; de este pueblo  nació el padre de la señora Amalia Lachira Ballejos, la madre del Amauta José Carlos Mariátegui”. Debo agregar que el poeta Nieto era admirado por nosotros, que éramos por entonces voluntariosos partidarios del socialismo  y, en mi caso, aspirante a poeta. Lo que nos dijo nos causó un enorme impacto.

Han pasado los años y mucha vida. Eduardo Cáceres, investigador y militante socialista es uno de los que mejor ha estudiado el árbol genealógico del Amauta. En un trabajo detallado que ha realizado, señala lo siguiente: don José del Carmen Lachira tuvo 15 hijos en tres damas, 7 con Candelaria Ballejos, 7 con Manuela Rojas y 1 con la señora Juana Diego. (CACERES)

José del Carmen acomodó su vida en Sayán y ejerció el oficio de talabartero (artesano que trabaja el cuero). Todo indica que una de sus hijas, aquella que la vida había elegido para ser la madre de José Carlos, buscando un mejor futuro se trasladó a Huacho y ahí se convirtió en una hermosa joven. Lo que vino después ya se conoce.

Los tallanes o cataquenses son incansables caminantes y gente muy emprendedora. En las épocas de las campañas agrícolas del centro y sur del Perú solían venirse de golondrinos para laborar en la cosecha, principalmente de algodón. Los tallanes son expertos en el apañamiento del oro blanco.   José del Carmen fue probablemente uno de aquellos, dejó su valle y no volvió más. 

Si nos atenemos a la tesis vigoskiana de la “herencia cultural”, Mariátegui llevó en sus genes esa cultura. La investigación historia de  Jacobo Cruz Villegas publicada en su libro “Catac ccaos, origen y evolución histórica”,  registra el siguiente hecho: cuando los españoles llegaron, los caciques tallanes Turicariama, Tangar-arac, Cutivalú, Amotaxe, Lachira, Marca Huillca, Poechos, organizaron la resistencia y por ese “delito” fueron decapitados. 

De manera que no es exagerado decir que de esa sangre rebelde desciende nuestro Amauta. Y que por la tierra tallán de su abuelo se explica no solo su gusto por La Rondalla Piurana, sino su identificación con las luchas del pueblo peruano y su compromiso con el socialismo.  En efecto, Catacaos conserva una las instituciones más antiguas del país: la Comunidad Campesina San Juan Bautista de Catacaos, que fue bastión de la defensa del campesinado, más aún, el indicador que más ha llamado la atención de los investigadores es su carácter esencialmente comunitario.

Esa es una característica ancestral de la región. Las comunidades del ande piurano, inspiraron a Hildebrando Castro Pozo un estudio agudo sobre el colectivismo agrario, que tuvo enorme influencia en el pensamiento de Mariátegui. Estos son temas que invitan a una nueva investigación.  

jueves, 13 de junio de 2013

NOCHE ARGUEDIANA, HECHURA DE LUZ





Por: Julio Yovera B.
En la histórica Casona de San Marcos, donde en sus ambientes suele convocarse casi de modo cotidiano el pensamiento, nos reunimos para escuchar las reflexiones sobre la vida y obra de José María Arguedas.
Expositor de esta jornada del espíritu fue el investigador y docente Rodrigo Montoya, sin duda, uno de los más acuciosos estudiosos de la vida y la obra de Arguedas. A través de su palabra fuimos encontrando a un creador que veía en los peruanos profundas grietas que nos balcanizan cultural, social y económicamente. Y por eso su constante esfuerzo de contribuir a “peruanizar el Perú”.
No se ha logrado aún esa meta histórica. Y, a pesar de todo, como Mariátegui, Arguedas tuvo la esperanza de que era posible forjar la nación peruana. Este juicio fue reflexionado también por el maestro César Lévano, quien en su condición de panelista del Encuentro, centró su comentario sobre la valoración del pensamiento de Arguedas relacionándolo con la concepción y el método de investigación del autor de los 7 Ensayos.
Temas centrales como el del Estado, las comunidades, los intelectuales y la responsabilidad de quienes hacen política y se reclaman socialistas fueron reflexiones en voz alta. De hecho, una noche no es suficiente para un tema tan vasto. Y pensar, digo, que en el Congreso de la República, una rémora de incapaces babea su verbo y su tiempo.
Julio Humala puso lo suyo. Su guitarra y su voz nos trajeron los cantos de las alturas andinas, las notas fraternas y alegres de los que no han renunciado a su derecho contestatario a la rebeldía, para dolor de cabeza de las sectas que promueven de uno y otro lado el “pensamiento único”.
A su vez, Renzo Gil hizo música costeña, vals y marinera. Vals del firme, del que nos gusta, no el canto lacrimoso de la decepción barata, sino del vals de los poetas populares como Don Felipe Pinglo.
Finalmente, la voz de Margot Palomino alzó sus alas y voló. Arguedas estaba conmovido y nosotros también. ¿Final? Nada que ver, la sorpresa, señoras y señores, la dio Rodrigo Montoya, quien invitado por Julio Humala cantó en quechua, como lo hacía Arguedas cuando su alma se elevaba.
¡Noche luminosa la noche arguediana! ¡Gracias Margot!