Por
Julio Yovera B *
“Tú fuiste la libertad
Libertadora enamorada.”
(Pablo
Neruda, Cantos Ceremoniales)
En Paita las olas del mar son lentas e inspiran paz. Antaño fue parte
del señorío de los tallanes de Colán y Amotape. En plena colonia, el punto más
importante del litoral, después del Callao fue esta bahía. De aquí fueron
embarcados los metales preciosos con destino a las arcas del imperio hispano,
y, por eso, el puerto fue sitiado por piratas ingleses enloquecidos por el oro.
Aquí, en Paita, vivió, olvidada por la ingratitud y por la indiferencia
una de las mujeres más representativas de América cobriza, representativa no
porque fue la amante de un hombre como Bolívar, sino porque supo identificarse
con la causa de los pueblos, que se levantaron convencidos que jamás habría libertad
sin antes romper las cadenas de la opresión y la dominación.
En Quito, la capital de lo que hoy es
la República de Ecuador, el 27 de diciembre de 1797, nació Manuelita Saenz
Aizpuru. Su vida representa el itinerario de una mujer de dimensión
continental, que tuvo el mérito de asumir la causa libertaria de la gran patria
latinoamericana y la emancipación de su género, y lo hizo acompañada de la
misma llama que alumbra hoy el corazón de los revolucionarios, sintiendo lo
mismo que agitaba el alma del poeta Otto René Castillo, quien dijera al abrazar
la causa de los pobres: “vamos patria a caminar, yo te
acompaño”. Fue esa emoción la motivó a unirse a la gesta de la
independencia, a enfrentarse al poder oscurantista y a tejer una red de amor
que la unió a Bolívar hasta más allá de la vida.
La progenitora de Manuelita, doña María Joaquina de Aizpuru, vivió poco;
algunos afirman que su deceso estuvo relacionado con su nacimiento, aunque,
dados los tiempos, no hay pruebas contundentes de ello. Su padre, Don Simón
Saenz, la protegió y educó en instituciones católicas conservadoras muy propia
de la época y tuvo dominio de conocimientos y habilidades que le permitieron un
buen desempeño en el ámbito social. Además, dominó lenguas extranjeras, el
francés sobre todo pues era costumbre, que con ésta, se comunicaran las “cultas”
aristocracias y los sectores criollos emergentes.
Manuelita adornó su personalidad con el dominio de un pensamiento
racional y un romanticismo, que la impulsaron a ponerse lejos de la
rutina y del ambiente apacible, y a buscar una vida más acorde con su espíritu
de luchadora. Como era propio de las señoritas de su clase social, tuvo la
compañía de dos muchachas esclavas: Natán y Jonatás: con ellas forjó una
lealtad basada en la amistad y el afecto, vivió con ambas tiempos de agitación libertaria, estaciones de amor y de
gloria, y su final de crepúsculo. Cuando anciana ya, en la playa, frente a las
olas lentas y musicales de Paita, soñaba que el Libertador continuaba en
campaña y continuaba amándola. Y ella lo esperaba.
Tenía 19 primaveras cuando conoció al caballero inglés James Thorne; con
él se casó en Lima, la capital del Virreinato del Perú, y fue aceptada por una
sociedad frívola, que le garantizaba una vida social plena; pero, en sus fueros
más íntimos, Manuelita era una mujer ceñida de rebeldía e inteligencia, y por
eso cuestionó una sociedad que haciendo de la mujer un objeto de placer,
servía como joya y como motivo de comentario en los salones de la aristocrática
sociedad virreinal.
En esos ambientes coincidió con sus pares, haciéndose pronto, amiga de
mujeres que querían también participar en aventuras conspirativas, sosteniendo
a media voz, no el chisme de ocasión, sino conversaciones sobre la necesidad de
ser libres y de apoyar a los soñadores que optaban a favor de la causa
emancipadora. La vida de la dama Manuelita Saenz estuvo impulsada por el hálito
de la justicia social y el heroísmo.
Hay un dato que la crónica fácil ha dejado de lado. Lo de Manuelita no
fue un tema hormonal y de arrebato. La tendencia libertaria fue toda una
corriente de pensamiento y de acción. Hubo maestros que previamente
desarrollaron ideas revolucionarias en los sectores criollos; hubo también filósofos,
artistas, humanistas, educadores, religiosos, gente sencilla, que asumieron el
ideario revolucionario. En el Perú, por ejemplo, Juan Pablo Vizcardo y Guzmán,
predicó la necesidad de conquistar una patria americana y que los nacidos en
este continente eran los que debían conducir la sociedad latinoamericana.
El Amauta José Carlos Mariátegui, al enfocar el tema de la
Independencia, en sus 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana,
sostiene:
“La Independencia de Hispanoamérica no se habría
realizado, ciertamente, si no hubiese contado con una generación heroica,
sensible a la emoción de su época, con capacidad y voluntad para actuar en
estos pueblos una verdadera revolución. La Independencia, bajo este aspecto, se
presenta como una empresa romántica. Pero esto no contradice la tesis de la
trama económica de la revolución emancipadora. Los conductores, los caudillos,
los ideólogos de esta revolución no fueron anteriores ni superiores a las
premisas y razones económicas de este acontecimiento. El hecho intelectual y
sentimental no fue anterior al hecho económico".
La gesta fue el resultado de una fusión de intereses económicos
legítimos y de romanticismo revolucionario. En Manuelita prevaleció lo segundo,
estuvo identificada con la causa libertaria y lo estuvo mucho antes que fuera
la compañera de Bolívar. No en vano fue reconocida y premiada por José de San
Martín, quien le otorgó la distinción de Caballeresa de la Orden del Sol del
Perú. Esto después de tomada Lima y en el marco de las celebraciones, con
motivo de la Independencia del Perú, el 28 de Julio de 1821. Además, un
medio hermano suyo era un oficial de las fuerzas libertarias que conducía
Antonio José de Sucre.
Después de la Independencia del Perú, volvió a Quito. América del
Sur vivía el fervor de la lucha patriótica. El ejército libertador del norte,
liderado por Bolívar, entraba a Quito y desde la calle y los balcones se
expresaban las simpatías a los protagonistas que después de tres siglos, abrían
el camino para el logro de una independencia que no era imposible.
“Es Manuelita que cruzó
las calles cansadas de Lima,
la noche de Bogotá,
la oscuridad de Guayaquil,
Y el traje negro de Caracas.
y desde entonces es de día.
(Pablo Neruda, Cantos Ceremoniales)
Manuelita conoció a Bolívar en los avatares
de la lucha y tiempo después describió así su encuentro con el Libertador:
“Cuando se acercaba al paso de nuestro balcón, tomé la corona de
rosas y ramitas de laureles y la arrojé para que cayera al frente del caballo
de S.E.; pero con tal suerte que fue a parar con toda la fuerza de la caída, a
la casaca, justo en el pecho de S. E. Me ruboricé de la vergüenza, pues el
Libertador alzó su mirada y me descubrió aún con los brazos estirados en tal
acto; pero S. E. se sonrió y me hizo un saludo con el sombrero pavonado que
traía a la mano. Quito, 16 de Junio de 1822.”
Pocos días después, en una fiesta de
homenaje al Libertador, éste le hizo el siguiente comentario:
“Señora, si mis soldados tuvieran su puntería, ya
habríamos ganado la guerra a España”.
Galantería direccionada por la causa,
esa es la características de los amores que fusionan atracción personal con
ideales. Desde entonces, sin atenerse al fardo de los prejuicios y al qué dirán, se convirtió en la compañera
de Bolívar. Estuvo no solo en el lecho, también en las campañas contra
las fuerzas retardatarias, que querían detener la historia. Desde siempre se
sabe que los derrotados no se cruzan de brazos o que quien asume una causa no
siempre es fiel hasta el final.
Los líderes siempre son el blanco de
atentados y de campañas de desprestigio. Justamente hubo un intento para
asesinar a Bolívar, proveniente de un grupo de conspiradores resentidos.
Manuelita salió al frente y frustró el atentado: esto fue en el Palacio de San
Carlos, en Bogotá, Colombia, el 25 de setiembre de 1828. Desde entonces
el propio Simón la llamó Libertadora y la gente completó la frase y pasó
a ser conocida como la Libertadora del Libertador.
Bolívar, fiel a su destino, siguió en campaña Después de muchas jornadas
solo recibió incomprensión e indiferencia, llegó a la conclusión que había “arado en el mar”. La burguesía criolla
nunca entendió la necesidad de forjar la gran nación de América del Sur, que
fue el sueño gigante de Don Simón.
El ocaso de la vida pública del héroe vino a la par con su enfermedad.
El 8 de mayo de 1830, moría en Santa Marta, sin más bienes que sus males y sus
sueños frustrados. Desde entonces se inicia el éxodo solitario de
Manuelita, cuya sola presencia traía el recuerdo de un hombre al que los
sectores criollos retrógrados querían borrar de la memoria.
El poder se ensañó con ella, al extremo que se le anuló toda posibilidad
de retornar a su natural Quito, y resignada y con un fardo de recuerdos, se
estableció frente al mar de Paita. En este puerto transcurrió su vida, hasta
que finalmente se fue sin dejar más huellas que su nostalgia y su pureza.
“En Paita preguntamos
Por ella, la Difunta;
Tocar, tocar la tierra
De la bella Enterrada.
No sabían”
(Pablo Neruda, Cantos Ceremoniales)
¿Cómo transcurrió la vida de Manuelita, en Paita? ¿Cómo la de cualquier
vecina? No. Ello siguió siendo siempre la Libertadora abandonada por el poder,
ignorada por la élite económica, pero, era la persona que recibía el afecto de
personas de otra élite, la de los hombres honrados y cultos, la de los rebeldes
soñadores, que llegaban desde los confines del mundo a encontrarse con ella,
que era la encarnación de la libertad y el amor.
“Detuve al niño, al hombres,
Al anciano,
Y no sabían donde falleció Manuelita,
Ni cuál era su casa,
Ni donde estaba ahora
El polvo de sus huesos”
(Pablo Neruda, Cantos Ceremoniales)
Guiseeppe Geribaldi, el patriota italiano, Ricardo Palma, el autor de
Las Tradiciones Peruanas; el poeta Joaquín Olmedo y de modo más continuo Don
Simón Rodríguez, el guía espiritual del Libertador, llegaban a visitar a la
dama solemne y apasionada.
Muchos estudiosos se han preguntado ¿Por qué en Paita, el puerto que por
largos años de vida republicana fue abandonado por las autoridades y que le
hizo perder las condiciones y las perspectivas estratégicas al punto de
convertirlo en un lugar que daba la impresión que el tiempo se había
detenido, fue elegido por Manuelita para afincar y morir? No lo sabemos. Acaso
su paisaje marino casi tropical, acaso la forma de su mar que parece el punto
azul de un puerto que despide o da la bienvenida. Acaso la forma de una casas
antiguas que resisten al tiempo.
Recordemos. En pleno proceso de reformas en la década del 70 del siglo
pasado, con la experiencia del Gobierno del General Velasco, Paita intentó
recuperar su auge. Lamentablemente la imposición del modelo neoliberal subastó
el puerto, felizmente no han podido privatizar su belleza que aflora a toda
hora y desde todos lados. No en vano, desde tiempos inmemoriales, se
acuñó y sigue escuchando la frase: “la luna de Paita y el sol de Colán”, para
referir la hermosa embrujadora del puerto y el sol intenso de los arenales de
uno de sus distritos.Pero volvamos a Manuelita. Sigamos los versos de Neruda.
“Y aquí vivió
Sobre estas mismas olas,
Pero no sé dónde fue,
No sé
Donde dejó al mar su último beso,
Ni dónde la alcanzó la última ola”.
(Pablo Neruda, Cantos Ceremoniales)
Mujer de cultura superior, al
final de su vida ejerció oficios modestos y dignos; y para que no quede la
menor sombra sobre su honestidad e integridad, nos dejó esta luz de
ejemplo y de pureza: al morir su esposo fue incapaz de ir a la devolución
de la dote de 8,000 pesos, que según costumbre, había dado su padre al momento
de sus nupcias.
Esa es la vida de una mujer que en
una oportunidad señaló al cronista e historiador O´Leary, “Vivo adoré a Bolívar, muerto lo venero”. Sus días
la pasó acompañada de sus fieles Nathán y Jonatás.
La Libertadora murió el 23 de
noviembre de 1856, víctima de una epidemia que asoló el puerto. Sus mejores
joyas fueron sus recuerdos y este mensaje que conservó de su amado Simón hasta
el fin de sus días:
"El hielo de mis años se reanima con tus
bondades y gracias. Tu amor da una vida que se está expirando. Yo no puedo
estar sin tí. No puedo privarme voluntariamente de mi Manuela no tengo tanta
fuerza como tu para no verte. Apenas vasta una inmensa distancia. Te veo,
aunque lejos de tí. Ven...ven...ven...luego.”
Neruda, el poeta de “Canto General” y de “España en el
corazón”, estuvo en Paita, antes de 1961. Toda indica que el motivo
que lo impulsó a venir a esta bahía, fue el recuerdo de Manuelita, que en el
paiteño de antaño conservaba como un hada de la tradición popular. Manuelita
estaba en las conversaciones, vivía con su semblante de princesa y con una
sencillez de mujer de pueblo.
El poeta anduvo por las calles con olor de mar, con arena llena de
pequeñas conchas marinas. No sabemos cuántos días estuvo acá el escritor
comunista que aprendió a hacer crónicas donde todo lo que se ve y siente es
metáfora, donde todo es poesía, solo que con una particularidad: nada es
invención, todo lo que escribió pues es la historia de los pueblos de nuestro
continente.
El poeta indagó afanosamente en el cementerio del puerto, caminó pabellones
tras pabellones, leyó nicho tras nicho, cruz tras cruz, ninguno le pudo indicar
que ahí descasaba Manuelita Sanez, y cuando descendió por el camino arenoso que
llega a la Plaza del Puerto, fue cincelando los versos que después pasarían a
ser uno de las más hermosas aunque olvidadas obras del poeta: la insepulta de
Paita.
Ahora se sabe que la casa existe, al lado de La Figura, el mascarón,
semejante al que gustaba coleccionar el poeta. Esa casa debería ser un altar
para los seres bien nacidos de América Latina. No solo Neruda sino todos
nosotros, debemos sentir y comprender que los pueblos del Sur, al mismo tiempo
que diferentes, son únicos y que una arteria vital de ese cuerpo es el Perú en
todos sus caminos y en todas sus sangres.
Hemos querido a modo de homenaje dejar a lo largo de este breve artículo
los versos del poeta, que terminada describiendo a Paita tal como fue. La razón
es simple hemos querido también darle este homenaje al pueblo en el que iniciamos
nuestra carrera docente y al que hemos vuelto no hace mucho.
“Soñolienta y vacía
Paita se mueve
Al ritmo
De las pequeñas olas de la rada
Contra el muro calcáreo.
Paita
Quedó dormida
En sus arenas.
Manuelita insepulta,
Desgranada
De las atroces, duras
Soledades”
(Pablo Neruda, Cantos Ceremoniales)
Manuelita Saenz está en nuestra memoria y en nuestro corazón, y mañana
cuando hayamos hecho realidad el sueño de Bolívar: la unidad de patria
latinoamericana, Paita será el destino del peregrinaje de quienes comparten sus
sueños, y por eso mismo llegarán a este lugar a honrar a la insepulta de
Paita.
(*) El autor de este artículo inició su carrera docente en el Colegio San Francisco de Paita.
Bibliografía:
7 Ensayos de José Carlos Mariátegui.
Cantos Ceremoniales, Pablo Neruda.
Manuelita en Paita, José Estrada.