Texto para un Plan
Lector del Docente de Aula.
Por Julio Yovera.
La madre es el símbolo de la
ternura, del amor y del sacrificio. Ningún hijo en la tierra ha dejado de sentir que de ella nos viene la
vida en toda su plenitud. Si esto ocurre con los seres sencillos y silvestres;
cuando de la madre se trata las palabras de los poetas adquieren las formas más
bellas y puras. No por gusto el lenguaje es el medio de socialización por
excelencia y no en vano la poesía trasmite las emociones y los sentimientos más
hondos del creador, tanto que su lectura suele conmocionar en todo su ser al
lector o receptor.
En esta oportunidad –víspera
de la Día de la Madre- en una sociedad agresiva, donde la mujer es una víctima
de la violencia, hemos seleccionado un conjunto de poemas de homenaje a la
Madre, que corresponden exclusivamente a poetas peruanos. Lo hacemos porque en
algún momento de nuestra historia se extravió la patria y tenemos el deber de
encontrarla.
Cuando analizamos estas
creaciones, que son patrimonio nuestro, nos damos cuenta que los poetas, en
distintos tiempos, espacios y circunstancias, tienen en común lo siguiente:
- Todos ellos reconocen la influencia decisiva que la madre
tuvo en sus vidas.
- Sus convicciones lo llevan a emprender una vida solidaria,
de entrega y sacrifico.
En efecto, los poetas que
referimos militaron en las olas de una humanidad esperanzada en los cambios que
conllevan a luchar por un mundo mejor. Y si como se dice, el hogar es la primera
escuela, colegimos entonces que la madre es la primera maestra.
A continuación una breve
galería de poetas y sus creaciones a la Madre. A ellas nuestro profundo
homenaje.
1
CÉSAR VALLEJO MENDOZA
POETA MILITANTE Y SOLIDARIO
La madre de Vallejo se llamó
María de los Santos Mendoza Gurrionero y su padre Francisco de Paula Vallejo
Benites. Nació en Santiago de Chuco (La Libertad) en marzo de 1892, y murió en
París (Francia) en abril de 1938
Su progenitora fue una mujer
que lo protegió en los años que estuvo a su lado. Cuando se fue su madre, en
agosto de 1918, el poeta tenía 26 años de edad. Vivía en Lima y había concluido
ya su primer libro de poesía LOS HERALDOS NEGROS, que publicó en 1919.
El poeta no asistió a los
funerales y en un estado de abatimiento por la ausencia de la mujer que le
prodigó un amor de dimensión cósmica, escribió para ella un poema que formará
parte de su libro Trilce, que rompe con todas las normas de la poética hasta
entonces conocida.
Vallejo fue un escritor
íntegro, no solo desde el punto de vista estético sino ético. Abrazó la causa
de los desheredados de la tierra y unió su vida y su destino a ellos.
Después de andar en busca de
una razón de vida, que le permitiera realizarse, abrazó la causa revolucionaria
y se echó a andar.
Se fue a Europa, después de
sufrir una prisión injusta, precisamente cuando había retornado a Santiago, a
reencontrarse con su gente y de ir al encuentro de la madre amada, que yacía
sepultada en el cementerio de su natal Santiago de Chuco. 112 días de prisión
(6 de noviembre de 1920- 26 de febrero de 19219 le afirmaron que si el hombre
tiene sueños justos, caerán sobre él las injusticias.
En Europa se vincula a los
intelectuales más representativos de su tiempo. Desde París viaja por varios
países y va a la Unión Soviética.
Cuando ocurrieron los
sucesos de la guerra civil en España, se traslada hacia ese escenario y se
convierte en un miliciano de la palabra. Más aún, se hace militante comunista.
Se afilia al Partido Socialista que había fundado José Carlos Mariátegui, en
1928; y también se afilia al Partido Comunista Español.
El Amauta José Carlos
Mariátegui, dice de él y su poesía:
“Vallejo, en su poesía, es
siempre un alma ávida de infinito, sedienta de verdad. La creación en él es, al
mismo tiempo, inefablemente dolorosa y exultante. Este artista no aspira sino a
expresarse pura e inocentemente. Se despoja, por eso, de todo ornamento
retórico, se desviste de toda vanidad literaria. Llega a la más austera, a la
más humilde, a la más orgullosa sencillez en la forma. Es un místico de la
pobreza que se descalza para que sus pies conozcan desnudos la dureza y la
crueldad de su camino. He aquí lo que escribe a Antenor Orrego después de haber
publicado Trilce: “El libro ha nacido en el mayor vacío. Soy responsable de él.
Asumo toda la responsabilidad de su estética. Hoy, y más que nunca quizás,
siento gravitar sobre mí, una hasta ahora desconocida obligación sacratísima,
de hombre y de artista: ¡la de ser libre! Si no he de ser hoy libre, no lo seré
jamás. Siento que gana el arco de mi frente su más imperativa fuerza de
heroicidad. Me doy en la forma más libre que puedo y ésta es mi mayor cosecha
artística. ¡Dios sabe hasta dónde es cierta y verdadera mi libertad! ¡Dios sabe
cuánto he sufrido para que el ritmo no traspasara esa libertad y cayera en
libertinaje! ¡Dios sabe hasta qué bordes espeluznantes me he asomado, colmado
de miedo, temeroso de que todo se vaya a morir a fondo para que mi pobre ánima
viva!” Este es inconfundiblemente el acento de un verdadero creador, de un
auténtico artista. La confesión de su sufrimiento es la mejor prueba de su
grandeza”. (7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana)
El poeta que expresa como
ningún otro el sentimiento andino ancestral, sintió siempre la presencia de la madre,
como si ésta fuera la luz que lo iluminaba siempre.
De la noticia sobre la muerte de la “madre
inmortal”, surge este poema de hijo agradecido:
LXV
Madre, me voy mañana a
Santiago,
a mojarme en tu bendición y
en tu llanto.
Acomodando estoy mis
desengaños y el rosado
de llaga de mis falsos
trajines.
Me esperará tu arco de
asombro,
las tonsuradas columnas de
tus ansias
que se acaban la vida. Me
esperará el patio,
el corredor de abajo con sus
tondos y repulgos
de fiesta. Me esperará mi
sillón ayo,
aquel buen quijarudo trasto
de dinástico
cuero, que para no más
rezongando a las nalgas
tataranietas, de correa a
correhuela.
Estoy cribando mis cariños
más puros.
Estoy ejeando ¿no oyes
jadear la sonda?
¿no oyes tascar dianas?
estoy plasmando tu fórmula
de amor
para todos los huecos de
este suelo.
Oh si se dispusieran los
tácitos volantes
para todas las cintas más
distantes,
para todas las citas más
distintas.
Así, muerta inmortal. Así.
Bajo los dobles arcos de tu
sangre, por donde
hay que pasar tan de
puntillas, que hasta mi padre
para ir por allí,
humildóse hasta menos de la
mitad del hombre,
hasta ser el primer pequeño
que tuviste.
Así, muerta inmortal.
Entre la columnata de tus
huesos
que no puede caer ni a
lloros,
y a cuyo lado ni el destino
pudo entrometer
ni un solo dedo suyo.
Así, muerta inmortal.
Así.
(Trilce, César Vallejo)
2
CARLOS OQUENDO DE AMAT
TERNURA POÉTICA Y PASIÓN DE VIDA
Hablar de Carlos Augusto
Luis Antonio Humberto Nicolás Oquendo de Amat es referirnos al poeta mágico,
que nos trasmite sus sueños en imágenes de colores. Nació el 17 de abril de
1905 (Puno, Perú) y muere en marzo en 1936 (Guadarrama, España), a la edad de
31 años.
Su madre se llamó Azaida
Amat Machicao y su padre Carlos Oquendo Belisario Álvarez, éste era médico de
profesión pero cargado de inquietudes políticas y de pensamiento progresista,
lo que le generó dificultades de todo tipo. Su madre era descendiente del
virrey Manuel Amat y Junient.
En 1918 su padre y muere. 5
años después también se extingue la vida de su madre. Tuvo que enfrentar
apremios muy grandes para sobrevivir.
Publicó en 1929 en la
Editorial Minerva 5 Metros de Poemas, que son efectivamente cinco metros de
papel que se van desdoblando a medida que se hace la lectura. La edición
aparece con fecha de diciembre de 1927. Todos sus poemas son particularmente
simbólicos y por eso se dice que es uno de los representantes del vanguardismo
poético, pero, la verdad es que solo en un país cargado de contrastes
geográficos y sociales puede escribirse una poesía que esté ceñida de belleza
íntima y de pureza social.
Oquendo fue comunista, pero
además, cuadro y dirigente consciente de sus responsabilidades históricas. Se
trasladó a Arequipa destacado por el naciente partido a cumplir con la
responsabilidad de darle organicidad y vigencia a la creación heroica de José
Carlos Mariátegui.
En 1929, en Bolivia, fue
apresado y luego expulsado por su activismo político. Pese a todo ello, se
mantuvo incólume en su militancia. Fue desterrado por la dictadura de Sánchez
Cerro.
Se fue a España y ahí muere con una tuberculosis
que le minó su cuerpo pero no su obra. Sus restos se perdieron en el torbellino
de la guerra.
De él dijo el escritor Mario
Vargas Llosa, cuando éste era un hombre de ideas progresistas:
“Hace aproximadamente
treinta años, un joven que había leído con fervor los primeros escritos de
Breton, moría en las sierras de Castilla, en un hospital de caridad,
enloquecido de furor. Dejaba en el mundo una camisa colorada y Cinco metros de
poemas de una delicadeza visionaria singular. Tenía un nombre sonoro y
cortesano, de virrey, pero su vida había sido tenazmente oscura, tercamente
infeliz. En Lima fue un provinciano hambriento y soñador que vivía en el barrio
del Mercado, en una cueva sin luz, y cuando viajaba a Europa, en Centroamérica,
nadie sabe por qué, había sido desembarcado, encarcelado, torturado, convertido
en una ruina febril. Luego de muerto, su infortunio pertinaz, en lugar de
cesar, alcanzaría una apoteosis: los cañones de la guerra civil española
borraron su tumba de la tierra, y, en todos estos años, el tiempo ha ido
borrando su recuerdo en la memoria de las gentes que tuvieron la suerte de
conocerlo y de leerlo. No me extrañaría que las alimañas hayan dado cuenta de
los ejemplares de su único libro, encerrado en bibliotecas que nadie visita, y
que sus poemas, que ya nadie lee, terminen muy pronto trasmutados en humo, en
viento, en nada, como la insolente camisa colorada que compró para morir. Y,
sin embargo, este compatriota mío había sido un hechicero consumado, un brujo
de la palabra, un osado arquitecto de imágenes, un fulgurante explotador del
sueño, un creador cabal y empecinado que tuvo la lucidez, la locura necesarias
para asumir su vocación de escritor como hay que hacerlo: como una diaria y
furiosa inmolación.” (Discurso al momento de recibir el premio Rómulo Gallegos,
Caracas, Venezuela, 1967)
Ese hombre llamado Oquendo
de Amat, cargado de dolor por la humanidad, con un ideal confeso y una
militancia llena de furor y fe, escribió este poema que algunos sugieren que
debe gravarse en la memoria de cada hijo.
MADRE
Tu nombre viene lento como
las músicas humildes
Y de tus manos vuelan
palomas blancas
Mi recuerdo te viste siempre
de blanco
Como un recreo de niños que
los hombres miran desde aquí distante.
Un cielo muere en tus brazos
y otro nace en tu ternura
A tu lado el cariño se abre
como una flor cuando pienso.
Entre ti y el horizonte
Mi palabra está primitiva
como la lluvia o como los himnos
Porque ante ti callan las
rosas y la canción.
Carlos Oquendo de Amat,
(Escrito en 1925, publicado
en “5 metros de poemas” en l927.
3
JAVIER HERAUD
POETA Y QUIJOTE
Javier Heraud murió cuando
apenas tenía 21 años de edad. De él no se puede decir que conoció la pobreza y
por eso se hizo revolucionario, que es la forma recurrente como los comisarios
culturales del sistema suelen “explicar” la opción que asumen los que deciden
hacer de su vida un apostolado en la lucha por un mundo mejor. La finalidad
obvia de quienes sostienen tamaños desaciertos es pretender menoscabar la
grandeza de los hombres de ideas sublimes.
Javier nació en un hogar de
clase media, en el distrito de Miraflores el 19 de enero de 1942. Su madre se
llamó Victoria Pérez Tellería y su padre Jorge Heraud Cricet. Sus primeros años
transcurren dentro de un hogar que le daba todas las condiciones para realizase
y ser feliz en el sentido común de la palabra.
Mostró una inclinación precoz
por el estudio. Cursó su secundaria en el Colegio Markham y sus estudios universitarios en la Pontificia
Universidad Católica del Perú, donde ingresó en el primer puesto en su examen
de admisión en el año 1958.
También se matriculó en la
Universidad Nacional Mayor de San Marcos, con el propósito de estudiar derecho,
pero ello no le entusiasmaba y más lo hizo por no desoír el consejo de su
padre.
En su auroral juventud se
vinculó a los poetas de su generación: César Calvo, y Antonio Cisneros, entre
otros. En 1960 publica El Río, una
poesía cargada de música y vitalidad. A finales de ese año obtiene con César
Calvo el premio El poeta joven del Perú, con su libro El Viaje.
Pocos conocen que Javier
Heraud ejerció la docencia en instituciones educativas como el Colegio Nacional
Nuestra Señora de Guadalupe, lo que debe ser una de las fortalezas de esta
prestigiosa institución educativa, de los alumnos y los maestros del Perú.
Su sentido solidario lo
llevó a adherirse a las ideas socialistas. Después de viajar a la Unión Soviética
y China, y de estar en París y Madrid, convencido que el Perú requería un
cambio, viajó a Cuba con la intención de estudiar cine, pero llega a la
conclusión que no basta declararse revolucionario para serlo y decide, por convicción,
integrarse a la guerrilla, que por entonces se le veía como el camino seguro
para terminar con las lacras del sistema. Como él dijera: “se cansó de ser el
hombre triste, que agotaba sus palabras”.
El 15 de mayo fue
acribillado su cuerpo pero su poesía y sus convicciones viven y son un ejemplo
para la juventud.
El poeta Pablo Neruda
(Chile) con motivo de la muerte del poeta escribió lo siguiente:
“Universidad de Chile
ISLA NEGRA,
Juliio de 1963
He leído con gran emoción
las palabras de Alejandro Romualdo sobre Javier Heraud. También el valeroso
examen de Washigton Delgado, las protestas de Cesar Calvo, de Reinaldo Naranjo,
de Arturo Corcuera, de Gustavo Valcárcel. También leí la desgarradora relación
de Jorge A. Heraud, padre del poeta Javier.
Me doy cuenta de que una
gran herida ha quedado abierta en el corazón del Perú y que la poesía y la
sangre del joven caído siguen resplandecientes, inolvidables.
Morir a los veinte años
acribillado a balazos “desnudo y sin armas en medio del río Madre de Dios,
cuando iba a la deriva, sin remos...” el joven poeta muerto allí, aplastado
allí en aquellas soledades por las fuerzas oscuras. uestra América oscura,
uestra edad oscura.
No tuve la dicha de conocerlo. Por cuando
ustedes lo cuentan, lo lloran, lo recuerdan, su corta vida fue un deslumbrante
relámpago de energía y de alegría.
Honor a su memoria luminosa.
Guardaremos su nombre bien escrito. Bien grabado en lo más alto y en los más
profundo para que siga resplandeciendo. Todos lo verán, todos lo amarán mañana,
en la hora de la luz”.
A continuación una Carta del
poeta Javier Heraud a su Madre:
Queridísima Madre:
Mamá: podría mentirte si te
digo: hoy estoy contento. No, no es cierto. ¿Por qué? Pues hoy es el día de la
madre y no estoy junto a ti; hoy es el día de la madre y no sucede como en 19
años anteriores: corriendo a tu cama con algún regalo para darte, o un beso, o
un corazón pegado en cartulina. Por otro lado, mi tristeza aumenta al no tener noticias. ¡Hace justo un mes y medio
que salí de casa y sin una carta tuya! Nada, absolutamente nada sé de Uds., ni
cómo están, ni qué hacen, ni qué pasa por allá.
Esta carta te llegará
retrasada. No he podido escribirte antes: esperaba carta tuya, tenía la certeza
de que me llegaría antes de hoy y no ha sido así. Por eso he querido esperar
hasta hoy, segundo domingo de mayo, para envolver, para poner en un papel todo
mi corazón de hijo agradecido, todo mi corazón anhelante de cariño, y
enviártelo en este día que está lleno de recuerdos infantiles y hogareños para
mí. En este momento en la radio tocan música de Listz y me invade una
melancolía especial. ¡Mi casa, mi familia, todo un orgullo pasado y futuro!
A las 7 y media las
muchachas que cocinan en la casa, mientras tomábamos desayuno, repartieron una
rosa roja a todos los muchachos que tienen madre. ¡Si supieras con qué orgullo
recibí la mía y en ese momento leía un editorial de un periódico sobre el día
de la madre, un hermoso editorial, y yo tuve que hacer inmensos esfuerzos para
que no se dieran cuenta que lloraba, sí: interna y externamente! Mamá, ¿qué
pasa, por qué no me escriben, por qué no recibo noticias de Uds.? Escríbeme
directamente, pon mi dirección en un sobre y mándamela directamente a Cuba, yo
me siento aquí maravillosamente: estoy como en mi patria, ¡aquí todo es tan
hermoso! No sabes cuánto agradezco ser hijo tuyo, ser miembro de una familia
como la mía, tener un padre así y tales hermanos, y mi mamama tan sabia, y
todos en general.
Como comprenderás, mi
preocupación constante es por Uds.; yo no sé cómo están. ¿Y Gustavito? Si
supieras cómo pienso en él, mi pequeño hermano. Escríbeme a diario y directamente, si te cansas, que me escriban
todos mis hermanos, todos los días; que cada uno me cuente qué hace, a mi papá
dile que lo quiero más que nunca, que tengo deseos de escribirle, pero sin
carta de Uds. no sé sobre qué escribirles. Ya sabes, que cada uno de ellos me
escriba a diario, hasta el Gustavito. Envíenme sus cartas directamente a Cuba,
que creo que llegan así. Yo estoy maravillosamente. Llevo una vida ordenada: me
levanto a las 7, me baño, tiendo mi cama, tomo desayuno, voy a la Universidad,
almuerzo a las 12 y media, descanso una hora, leo, si tengo clases las tardes
(casi no tengo) voy a la U., o al cine, o paseo y tomo un refresco, voy al
teatro y me acuesto a las 11 ó 12. Es una vida tranquila. Mis estudios de cine
no sé cómo hacerlos, por el momento estudio literatura, aunque creo que el mes
que viene comenzaré a practicar en el Instituto de Cine. Mi salud es perfecta,
los dientes me fastidian un poco pero pronto iré al dentista. La asistencia
médica es gratuita, las cartas nos las mandan gratis, nos dan 30 pesos
(dólares) mensuales que más alcanzan de sobra. Madre, mamá, con todo el corazón
de hijo agradecido te saludo y beso en tu día, a ti, a tu madre, mi mamama, y a
la madre de mi papá.
Escríbeme, escríbanme todos
y pronto. Te besa mil veces Javier.
P.S. Mi dirección aquí es:
Javier Heraud. Calle 30, № 965. Entre 26 y 47, Altura del Vedado,
La Habana — CUBA.
¡ESCRÍBANME! ¡ESCRÍBANME
DIRECTO!
13 de mayo, 1962”.
4
HORACIO ZEBALLOS
EL LÍDER POETA
Horacio Zeballos aparece en
el escenario de la lucha social en el Sur. Nacido en 1943 (Carumas, Moquegua) y
murió en marzo de 1884 (Lima), desde muy niño cultivó con pasión la poesía. Sus
más cercanos familiares señalan que solía recitar en las actuaciones que se
hacían en su institución educativa. Su
madre fue la señora Sabina Gámez Melgarejo y su padre don Cerelino Zeballos
Medina.
Ya adolescente se a la
capital del departamento, Moquegua, allí estudió secundaria, y, luego, se
trasladó a la ciudad de Arequipa, donde inició su formación académica,
graduándose de docente.
De inmediato se integró a la
actividad gremial. Consideraba que los maestros deben estar unidos y es que por
entonces los docentes peruanos estaban organizados sindicalmente por niveles y
hasta por especialidad. Se dedicó a organizar el SUTEP. Fue en el Cusco, en
julio de 1972, cuando se realiza el Congreso fundacional, que sale elegido
Secretario General del gremio en el primer periodo del gobierno militar que
dirigía el general Juan Velasco y que había emprendido importantes reormas..
Horacio, en sus fueros más
íntimos se atrincheró en la poesía y la cultivó con éxito. Publicó Pluma
Esclava, Esclavos de Corbatas, El eco de mi Voz y Alegrías de la Prisión, este último es un
conjunto de poemas que hablan de las emociones que le producen sus experiencias
de vida, particularmente los largos años de prisión que tuvo, incluyendo su
estadía en El Sepa, el llamado infierno verde enclavado en el corazón de la
Amazonía.
Blandiendo un verbo que
iluminaba a los maestros, dijo: “la cárcel tiempla como el fuego al acero o
como el fuego a la vela”. A él lo templó como el acero y por eso se convirtió en
el líder indiscutible de los maestros peruanos.
Algunos críticos han
encontrado en su poesía la misma intensidad intimistas de Oquendo de Amat. Fue
un poeta hondo y luminoso. Resulta grato leerlo porque es un poeta que si bien
expresa poesía que íntima, su mensaje siempre es social, de protesta y de
esperanza.
Alegrías de la Prisión es
una creación en la que sonríe y mira con ojos de poeta los sueños de los luchadores.
En los años de persecución y
prisión, la madre solía aparecerse en Lima, en el local del SUTEP, y causaba
asombro y simpatía cuando hacía uso de la palabra.
“Yo no he venido a dolerme
por la lucha de mi hijo, he venido a expresarle a mi hijo y a ustedes mi
apoyo; y reclamo ocupar el lugar que me
toca para seguir, juntos, luchando por una causa justa. Y cuando le tocaba
estar preso en el Hospital, por razones de salud, la señora Sabina y Alicia
Rojas, iban a visitarlo. Cuando la vigilancia se descuidaba, Horacio recibía y
entregaba los documentos entre el dirigente y las bases. Jamás dejó de haber
comunicación”. (Testimonio de una maestro)
Murió cuando tenía 41 años y
hay quienes sostienen que la lucha social hizo que se perdiera un gran poeta,
pero esta apreciación no es del todo completa. Y es que en los apremios de su
vida, Horacio dejó poemas que nos permiten sentir la pureza de sus ideales y su
compromiso en un destino mejor.
En la parte que corresponde
a la Dedicatoria, en su libro Alegrías de la Prisión, escribe: “El Partido
forma y realiza. Toda su acción retorna al pueblo, del que nace. En él se troca
en futuro concreto, en revolución posible. Sólo la militancia política activa
favorece una auténtica y profunda convicción revolucionaria. Dedico estas
Alegrías de la Prisión a mi Partido, el P.C. del Perú”.
El crítico Oscar Valdivia
Ampuero escribió en el Prólogo:
“Considerando en toda su
magnitud el fondo humano y social del que ha sido arrancado la experiencia
raigal, no es difícil pensar que Alegrías de la Prisión, cuya palabra nos
acerca un tanto, por su frecuente trasparencia y plenitud a la poesía de Carlos
Oquendo de Amat que el autor de Alegrías confiesa haber leído sólo después de
terminar su libro, constituirá una muestra paradigmática de poesía con
intención social que no desdeña ni reniega de la belleza, la hondura y
autenticidad del sentimiento y la austeridad verbal más escueta”
(De la 1ª edición de
Obramundo, octubre, 1980)
3
Uva
vieja
dulce
convertida en pasa de tanto
esperarme
De ti aprendí a abrir
murallas deshojando las
rosas
del tiempo
A comprender la adversidad
con la misma
sonrisa
de un niño.
Tu tristeza alegre tu
lealtad de río
la conservo en el cuadro de
mi sala.
Esta prisión que vivo tiene
más de tu aliento
que de martirio.
El tiempo abre voluntades cicatriza heridas
A veces hay que perder la
guerra para vencer
la paz.
Madre
desde que nos separamos tu
voz que no termina
viene en el agua
Y tu bastón se va doblando
en el heroico
cotidiano batallar.
(Alegrías de la Prisión)