Por Julio Yovera
El aniversario de la independencia del Perú de la dominación
colonial española merece algunas reflexiones que vayan más allá del legítimo
orgullo de cantar que “somos libres”. Analicemos las principales
características de este suceso que pronto cumplirá 200 años.
La clase social que lideró la lucha emancipadora fue la
casta criolla, proveniente de las regiones de la gran Colombia (Venezuela) con
Bolívar y Sucre y de la región del Sur (Argentina principalmente) con San
Martín.
La verdad es que los criollos del Perú no se movilizaron
militarmente, y podemos decir que tuvieron la fortuna de ser los beneficiarios
de las campañas de los líderes continentales aludidos. En todo caso la
excepción fue la de Francisco de Zela, criollo limeño, a cuya rebelión de 1811
se plegaron a él criollos y mestizos.
Pocos son los estudiosos que advierten que después de la
derrota de Túpac Amaru, lo que fracasó, además de la acción insurreccional, fue
el proyecto de los sectores sociales nativos y originarios, que algunos, con
razón, llaman el nacionalismo inca.
A los criollos peruanos –con notables excepciones- la
independencia no le costó sacrificios, no arriesgó, como lo hicieron los
sectores del norte y del sur. Hubo sí criollos ilustrados y patriotas como
Faustino Sánchez Carrión; como Toribio Rodríguez de Mendoza, entre otros, que
no solo se inspiraron en los ideales de la revolución francesa y la gesta
libertaria de Estados Unidos, sino que, además, reflexionaron y actuaron en la
lógica de pensamiento de Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, que llegó a identificarse
con la visión de sociedad americana libre y que admiró la gesta de Túpac Amaru.
De alguna manera, y eso es un mérito, aspiraron a una nación que no excluyera a
las poblaciones originarias.
En términos generales, la conducta pública de los criollos
de nuestras latitudes fue de acomodo y de cálculo. Bolívar, con la agudeza que
se le reconoce, señaló que “el Perú encierra dos elementos enemigos de todo
régimen justo y liberal: oro y esclavos. El primero lo corrompe todo; el
segundo está corrompido por sí mismo. El alma de un siervo rara vez alcanza a
apreciar la sana libertad: se enfurece en los tumultos o se humilla en las
cadenas”.
Analizando la conducta de cada una de las poblaciones claves
de América del Sur, sentenció: “Supongo que en Lima no tolerarán los ricos la
democracia ni los esclavos y pardos libertos la aristocracia: los primeros
preferirán la tiranía de uno solo, por no padecer las persecuciones
tumultuarias y por establecer un orden siquiera pacífico. Mucho hará si consigue
recobrar su independencia” (1915, Carta de Jamaica, Bolívar desde Kingston).
El proyecto emancipador fue típicamente burgués desde el
punto de vista clasista y principalmente criollo desde el punto de vista étnico
y cultural. Cuando se proclamó la República los sectores populares e indígenas estuvieron
ausentes y excluidos de toda función
gubernamental, no obstante que durante todo el proceso de confrontación
militar, los montoneros hostilizaron y diezmaron a las huestes hispanas, y que
sectores del pueblo dieron su cuota de sacrifico, como por ejemplo, José Olaya,
el pescador patriota. No olvidemos el compromiso de los poetas revolucionarios
como Mariano Melgar, el romántico patriota.
El escritor de la élite aristócrata-criolla, Felipe Pardo y
Aliaga, en una precisión poética de mayor valor que una obra de análisis
sociológico, escribió, con motivo del cumpleaños de su hijo, lo siguiente:
“Dichoso hijo mío, tú,
que veintiún años cumpliste;
dichoso que ya te hiciste
ciudadano del Perú.
Este día suspirado
celebra de buena gana,
y vuelve orondo mañana
a la hacienda y esponjado,
viendo que ya eres igual,
según lo mandan las leyes,
al negro que unce tus bueyes
y al que te riega el maizal”.
Vale decir, que el Perú oficial iba por un camino que no era
el del Perú formal y su democracia era declarativa frente a las desigualdades y
los privilegios.
La Independencia, como lo analizó Mariátegui, no representó
propiamente un proyecto revolucionario que acabara con la propiedad y los
privilegios feudales. Y, si tomamos el caso, digamos, educacional, advertiremos
que nuestra educación pública nunca dejó de ser confesional.
No todos los peruanos tuvieron realmente estatus de
ciudadanos, en tanto se mantuvieron en condición de siervos. Y cuando llegaron a
serlo, sin educación y sin cultura, fueron masa manipulable. Hasta ahora, esta
degradación no ha podido ser revertida.
No hemos dejado de ser una sociedad centralista, fragmentada
y excluyente. Hasta hace 50 años, los terratenientes imponían su estatus. El
general Juan Velasco Alvarado se ganó el odio de los grupos de poder porque
liquidó el odioso sistema, que obligaba que un ciudadano formal del país se
inclinara ante el patrón como en los tiempos de la esclavitud o del feudalismo.
El proyecto emancipador no estuvo acompañado de una
propuesta de independencia auténtica, de una república con un proyecto nacional
y un modelo de sociedad soberano. La gran patria, necesaria y posible, fue
ignorada totalmente por las burguesías.
Honramos a los que en su afán de lograr la Independencia
llegaran hasta el sacrificio y nos hicieron libres de la dominación española.
Pero, consideramos que la mejor manera de ser fieles a su legado, es avanzar
por esa senda inconclusa que dejaron y por forjar una segunda y definitiva
independencia.
Nota: Los entrecomillados son citas originales de los
autores aparecen en: Escritos Políticos de Bolívar; Antología de Poesía; 7
Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, de J.C. Mariátegui.





