miércoles, 27 de julio de 2016

LA INDEPENDENCIA INCONCLUSA DEL PERÚ


Por Julio Yovera
El aniversario de la independencia del Perú de la dominación colonial española merece algunas reflexiones que vayan más allá del legítimo orgullo de cantar que “somos libres”. Analicemos las principales características de este suceso que pronto cumplirá 200 años. 
La clase social que lideró la lucha emancipadora fue la casta criolla, proveniente de las regiones de la gran Colombia (Venezuela) con Bolívar y Sucre y de la región del Sur (Argentina principalmente) con San Martín.
La verdad es que los criollos del Perú no se movilizaron militarmente, y podemos decir que tuvieron la fortuna de ser los beneficiarios de las campañas de los líderes continentales aludidos. En todo caso la excepción fue la de Francisco de Zela, criollo limeño, a cuya rebelión de 1811 se plegaron a él criollos y mestizos.
Pocos son los estudiosos que advierten que después de la derrota de Túpac Amaru, lo que fracasó, además de la acción insurreccional, fue el proyecto de los sectores sociales nativos y originarios, que algunos, con razón, llaman el nacionalismo inca.
A los criollos peruanos –con notables excepciones- la independencia no le costó sacrificios, no arriesgó, como lo hicieron los sectores del norte y del sur. Hubo sí criollos ilustrados y patriotas como Faustino Sánchez Carrión; como Toribio Rodríguez de Mendoza, entre otros, que no solo se inspiraron en los ideales de la revolución francesa y la gesta libertaria de Estados Unidos, sino que, además, reflexionaron y actuaron en la lógica de pensamiento de Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, que llegó a identificarse con la visión de sociedad americana libre y que admiró la gesta de Túpac Amaru. De alguna manera, y eso es un mérito, aspiraron a una nación que no excluyera a las poblaciones originarias.
En términos generales, la conducta pública de los criollos de nuestras latitudes fue de acomodo y de cálculo. Bolívar, con la agudeza que se le reconoce, señaló que “el Perú encierra dos elementos enemigos de todo régimen justo y liberal: oro y esclavos. El primero lo corrompe todo; el segundo está corrompido por sí mismo. El alma de un siervo rara vez alcanza a apreciar la sana libertad: se enfurece en los tumultos o se humilla en las cadenas”.
Analizando la conducta de cada una de las poblaciones claves de América del Sur, sentenció: “Supongo que en Lima no tolerarán los ricos la democracia ni los esclavos y pardos libertos la aristocracia: los primeros preferirán la tiranía de uno solo, por no padecer las persecuciones tumultuarias y por establecer un orden siquiera pacífico. Mucho hará si consigue recobrar su independencia” (1915, Carta de Jamaica, Bolívar desde Kingston).
El proyecto emancipador fue típicamente burgués desde el punto de vista clasista y principalmente criollo desde el punto de vista étnico y cultural. Cuando se proclamó la República los sectores populares e indígenas estuvieron ausentes y  excluidos de toda función gubernamental, no obstante que durante todo el proceso de confrontación militar, los montoneros hostilizaron y diezmaron a las huestes hispanas, y que sectores del pueblo dieron su cuota de sacrifico, como por ejemplo, José Olaya, el pescador patriota. No olvidemos el compromiso de los poetas revolucionarios como Mariano Melgar, el romántico patriota.

El escritor de la élite aristócrata-criolla, Felipe Pardo y Aliaga, en una precisión poética de mayor valor que una obra de análisis sociológico, escribió, con motivo del cumpleaños de su hijo, lo siguiente:
“Dichoso hijo mío, tú,
que veintiún años cumpliste;
dichoso que ya te hiciste
ciudadano del Perú.
Este día suspirado
celebra de buena gana,
y vuelve orondo mañana
a la hacienda y esponjado,
viendo que ya eres igual,
según lo mandan las leyes,
al negro que unce tus bueyes
y al que te riega el maizal”.
Vale decir, que el Perú oficial iba por un camino que no era el del Perú formal y su democracia era declarativa frente a las desigualdades y los privilegios.
La Independencia, como lo analizó Mariátegui, no representó propiamente un proyecto revolucionario que acabara con la propiedad y los privilegios feudales. Y, si tomamos el caso, digamos, educacional, advertiremos que nuestra educación pública nunca dejó de ser confesional.
No todos los peruanos tuvieron realmente estatus de ciudadanos, en tanto se mantuvieron en condición de siervos. Y cuando llegaron a serlo, sin educación y sin cultura, fueron masa manipulable. Hasta ahora, esta degradación no ha podido ser revertida.   
No hemos dejado de ser una sociedad centralista, fragmentada y excluyente. Hasta hace 50 años, los terratenientes imponían su estatus. El general Juan Velasco Alvarado se ganó el odio de los grupos de poder porque liquidó el odioso sistema, que obligaba que un ciudadano formal del país se inclinara ante el patrón como en los tiempos de la esclavitud o del feudalismo.
El proyecto emancipador no estuvo acompañado de una propuesta de independencia auténtica, de una república con un proyecto nacional y un modelo de sociedad soberano. La gran patria, necesaria y posible, fue ignorada totalmente por las burguesías.
Honramos a los que en su afán de lograr la Independencia llegaran hasta el sacrificio y nos hicieron libres de la dominación española. Pero, consideramos que la mejor manera de ser fieles a su legado, es avanzar por esa senda inconclusa que dejaron y por forjar una segunda y definitiva independencia.
 

Nota: Los entrecomillados son citas originales de los autores aparecen en: Escritos Políticos de Bolívar; Antología de Poesía; 7 Ensayos de Interpretación de la Realidad Peruana, de J.C. Mariátegui.









viernes, 15 de julio de 2016

HOMENAJE AL MAESTRO MIGUEL GUTIÉRREZ

Por Julio Yovera.


En la ciudad de Piura, donde el sol asoma desde que cae la madrugada, nació Miguel Gutiérrez Correa, el 27 de Julio de 1940. Los que hacen literatura, o la estudian, saben que esa tierra con aroma de aroma a algarrobo, de vientos cargados de costales de arena, de gente de diversidad étnica y cultural; de leyendas que se mezclan con la realidad, y de movimientos sociales intensos en el sector urbano o rural, posee posé una fuerza que inspira a hacer buena literatura. Y Gutiérrez es una muestra de lo que decimos.

Quien conozca su obra y haya crecido en Piura sabe, por ejemplo, que en El Viejo Saurio se Retira (1969) es la historia de un adolescente de un colegio que tiene nombre propio: Salesiano; que aún existe a la orilla del río; que el Puente Viejo, que el escritor utiliza como uno de los escenarios de la novela, existió, y que se fue cuando la artritis que viene con los años carcomió sus maderos; que los curas eran identificables y que el profesor Albán, brillante conocedor de la literatura y de palabra cálida, fue un docente paradigmático -como decimos ahora- y un apasionado militante del MIR.

En Hombres de Caminos, la temática y el aire que se respiran en la novela corresponden al ambiente rural de Piura. Los hombres que acechan los caminos viven al margen de la ley y han decidido no solo apartarse del orden establecido, sino desafiar el sistema que se vertebró desde la casa-haciendas y los gamonales cercaron con púas y maldades. Ello no impidió que hombres como Domador y Pasión López, aparecieran para cobrar revancha en nombre de los débiles. Incluso, Ya en pleno siglo XX, un remanente de carne y hueso, Froilán Alama, mantuvo en zozobra el orden regional.

Gutiérrez no se quedó en Piura. Al Igual que Marco  Martos, y mucho más antes Francisco Vegas Seminario, el autor de El Taita Yoveraqué, migraron. Dejaron el terruño y se instalaron lejos de la estancia querida. Gutiérrez, igual que Oswaldo Reynoso, se convirtió en escritor no solo comprometido sino militante de una causa transformadora y liberadora.

Empezó su camino docente en Lima. Como la mayoría de los escritores, no vivió de las editoriales ni de su literatura. Ejerció la cátedra en diversas universidades públicas. En Lima fue docente en "Enrique Guzmán y Valle - La Cantuta", y en Ayacucho, en "San Cristóbal de Huamanga". Fue miembro del Grupo Narración, que aspiró a una literatura que fuera más o menos ubicándose, no como copia sino como necesidad, a lo que recomendaba el Foro de Yenán, que Mao trazó para los escritores y artistas para China, en el periodo de la gran marcha.  

Y entre docencia y literatura, acompañadas ambas de pasiones ideológicas, fue haciendo una obra que, como pocas, no solo es creación, sino testimonio de vida de un hombre que nos habla de un país que siempre estuvo marcado por la violencia, incluso desde antes de la llegada de los heraldos invasores, con sus vicios y su voracidad.

De sus obras y de sus ensayos no daremos detalles en este breve artículo de homenaje. Nos basta decir que en su novela La Violencia del Tiempo se reflejan los conflictos estructurales: no sólo económicos, sino sociales e interétnicos. Que sus temas posteriores tengan en Sendero Luminoso un fenómeno recurrente, tuvo que ver con su vida y sus convicciones, que este escriba no comparte pero que siempre respetará.

Su última obra, que nos deja es Kymper. Trata de la vida de un perseguido por el poder emparentado con los criminales del "Comando Rodrigo Franco", la tenebrosa organización que creó Mantilla con la bendición de un Papa mofletudo con muchas deudas por saldar; por Sendero, que debe someterlo a un juicio popular; y por su propia familia. Tres fuerzas contra  un Kymper, que huyendo, moviéndose de un lugar a otro; el autor aprovecha al máximo para mostrarnos al Perú contemporáneo de manera desgarradora e integral.

Se fue el Maestro. Nosotros nos quedamos aún, hablando y escribiendo de su vida y de su obra. Lo recordamos cuando volvía a Piura, cuando íbamos a buscarlo los bisoños escritores en ciernes. Nos recibía con amabilidad en la Cafetería Brasil -que ya no existe- y que quedaba a mitad del camino entre el Puente Viejo y La Mangachería.

Maestro, vaya no más, pero, dejamos constancia que nos hará falta.


lunes, 4 de julio de 2016

LA CRISIS DE LA EDUCACIÓN


Por Julio Yovera
En una sociedad abatida por una crisis integral, la educación no es la excepción. Por más medidas paliativas que las autoridades han dado, los fracasos han estado anunciados. Se ha perdido el rumbo y eso de por sí explica el bajo nivel de calidad del sistema educativo y que la brecha entre propósitos trazados con objetivos y metas logrados, sea cada vez mayor.
El mal es histórico, integral y estructural. Histórico porque –pareciera redundante decirlo-, la educación, desde el momento en que se interrumpió el proceso de desarrollo autónomo y se impuso una dominación foránea, fue siempre colonial y colonizadora.
Mariátegui señaló que los sistemas y modelos obedecieron a los intereses de los sectores dominantes de España.  Lograda la independencia, en 1821, la casta criolla “dirigente” no pudo articular un proyecto nacional de desarrollo, esto pese al esfuerzo de algunos patriotas, que insistieron en la necesidad de construir la nación peruana y que ésta no excluyera a los sectores étnicos y culturales nativos.
Lograda la independencia, se configuró un orden semicolonial. La educación fue diseñada, en términos teóricos, cognitivos y de gestión, bajo una fuerte influencia francesa, primero, y, posteriormente, norteamericana. Los programas y sistemas educativos no reflejaron la realidad del Perú y se preocuparon por formar ciudadanos orgullosos de su identidad y capacidad para crear ciencia y tecnología.  
La constante de las diversas propuestas educativos ha sido tan desacertada como la política, la economía y la cultura, que impusieron los diversos regímenes. Es verdad que en algunos momentos se dieron cambios; pero fueron o improvisadas o socavados. Solo con la experiencia del general Juan Velasco, a finales de los 60s e inicios de los 70s, se propuso una reforma educativa que reconocía la compleja vastedad cultural; la ausencia de una relación entre estructura productiva y educación; el atraso educativo y cultural del país; y el archipiélago de etnias y lenguas. Recién, de manera oficial, nos reconocimos como una sociedad pluricultural multiétnica y multilingüe.
Se visionó desde el Estado dos variables: dominación foránea e interna y dependencia y servidumbre. La educación por primera vez abordó este problema. Cuando desde el interior del gobierno se derrocó a Velasco, se desmanteló todo lo avanzado. Se inició entonces un reacomodo de los sectores conservadores. La educación volvió a ser una actividad de espaldas a los anhelos de cambio que existían en el país.
Los maestros, a lo largo de toda la vida republicana no tuvieron participación en ninguna instancia del Estado, ni siquiera en los asuntos de educación. Sin embargo, hubieron casos como los de Elvira García, Teresa González de Fanning, José Antonio Encinas, le dieron coherencia a la relación: educación y realidad nacional. Pero, era insuficiente; más si actuaban al margen del Estado.
En los últimos treinta años, coincidiendo con la aplicación del modelo neoliberal, la crisis de la educación se ha acentuado. Responsable político de esta desgracia es Alberto Fujimori. Lo irónico de este periodo fue que, paradójicamente, hubo quienes señalaron que el Perú ingresaba a la “excelencia” educativa.
La “modernización” se asumió como sinónimo de impulso en la construcción de los locales de las instituciones educativas, pero no en la formulación de una propuesta que fijara los lineamientos de una educación sostenida y cohesionada con la compleja realidad del país y con la necesidad de darle a los docentes mejoras sustantivas, no solo económica sino también referidas a su formación científica, académico profesional, incluyendo el aspecto didáctico y metodológico.
En el 2003 la educación fue declarada en emergencia, pero, no se trazó ningún plan serio para enfrentar esta emergencia. Para José Rivero, a quien rendimos homenaje en estas fechas, la crisis de la educación se puede identificar desde las siguientes aristas: deterioro magisterial, escaso financiamiento, problemas de gestión y organización del sistema educativo público.
Señalaba Rivero: “En el primer estudio regional comparativo desarrollado por la UNESCO entre 1997 – 1998, el gobierno del Perú fue el único de los trece países participantes que no publicó sus resultados”.
Pero, ¿por qué una decisión de esta naturaleza?, porque ocupábamos los últimos lugares en los resultados de las pruebas aplicadas, precisamente en los momentos de embriaguez fujimorista.  
Todos los análisis más o menos serios, incluyendo el que elaboró en 1993, las agencias internacionales como PNUD, GTZ, BM, UNESCO (COREAL) llegaron a la conclusión que no obstante “el alto índice de acceso a la cobertura educativa su calidad era crítica”.
Se concluía en lo que ya algunos estudiosos y organizaciones especializadas, incluyendo al gremio magisterial, el SUTEP, habían formulado. La crisis de nuestra educación tiene que ver con hechos que trascienden los ámbitos del aula.
La crisis de la educación tiene que ver con: “la ausencia de un Proyecto Nacional de Educación; carencia de inversión en el sector; democracia rígida unida a un exceso y superposición de normas y procedimientos de gestión administrativa y financiero sobre pedagogía; falta de idoneidad del currículo básico (no se tenía en cuenta el carácter heterogéneo que debe tener nuestra educación); carencia de material educativo pertinente (las editoriales no conocen la realidad ni tampoco la especialidad; deterioro y falta de infraestructura y mobiliario escolar”.
Se creó entonces un programa de mejoramiento educativo que terminó en el más rotundo fracaso. Y es que ninguna política y propuesta saldrá adelante en tanto este modelo económico persista.
Nos permitimos formular las siguientes preguntas: ¿podría funcionar una educación para la formación ciudadana, en una sociedad autoritaria, que tiene como norma y como cultura, ejecutar sin consultar a nadie, ni siquiera a los maestros?
¿Una clase social dominante como la que gobierna el país, que no tiene la cultura de la planificación, estará en condiciones de levantar propuestas de mediano y largo plazo?
¿Si se persiste en un modelo exclusivamente extractivista, se podrá incentivar e impulsar una educación que priorice desde el nivel básico, la investigación para el impulso y desarrollo de la ciencia?
¿Si los grupos de poder se han hecho más hegemónicos amparados con actos de corrupción, inmoralidad y narcotráfico, estarán interesados en sentar las bases para la puesta en marcha de una educación en valores?
¿Si se desprecia a nuestras culturales ancestrales en sectores supuestamente “cultos” pero atollados de prejuicios e ignorancia, podrá hacerse viable una educación inclusiva?
Sobre estos temas nada se dice. Y por eso son temas hasta ahora no resueltos en la educación del país. En muchos otros aspectos, el grave problema que se tiene es el siguiente: la educación no es asumida como la principal inversión social y económica que el país debe emprender.
Hace poco Chiroque escribía lo siguiente: en el 2014, la gestión actual del Ministerio de Educación devolvió al Tesoro Público el 14.6% de su presupuesto. ¿Tiene explicación lógica esto? No hay ninguna explicación, excepto que las direcciones encargadas de invertir no conocen el sector.
Mientras la educación pública se acerca al hoyo, la educación privada sigue ampliando su cobertura de servicio.  De seguir esa tendencia, en un breve tiempo más, la educación pública será una modalidad en extinción. Las cifras existentes, más categóricas que cualquier otro argumento lo confirman.
     
      





Referencias:



DOS MAESTROS PARADIGMAS


DOS PARADIGMAS: SIMÓN RODRÍGUEZ Y TORIBIO RODRÍGUEZ DE MENDOZA

Por Julio Yovera
El educador como sujeto social
El docente es el sujeto social que a lo largo de toda la historia ha sido protagonista de procesos orientados a formar en los seres humanos valores agregados: capacidades cognitivas; desarrollo de habilidades, destrezas y aptitudes; así como desenvolverse en la práctica de valores. El docente actúa sobre el mundo biológico y físico y también sobre el mundo espiritual, mental y cultural.
El guía del proceso educativo aspira que los postulados y principios teóricos de la educación, así como los objetivos que ésta se traza, puedan hacerse realidad. Sin embargo, todo lo positivo que el sistema educativo pueda programar, quedará como “buena intención” si es que la sociedad se sostiene sobre bases que socavan los ideales de una sociedad solidaria.
Desde los tiempos primitivos, incluso desde mucho antes de que aparecieran la jerarquización y las diferencias en el interior de las sociedades, las actividades educativas ya existían. Si bien no hubo personas ni entidades dedicadas específicamente a educar, la formación de los seres humanos era parte del proceso de socialización, de reproducción e innovación del conocimiento, así como del respeto e identidad con la comunidad a la que se pertenecía. Como bien dice Aníbal Ponce: “la educación era para la vida por medio de la vida”.  
Con el avance y evolución de las sociedades, la educación se convirtió en una actividad de especialización. La división de formas y clases de educación tienen que ver con las clases de sociedad que a lo largo de la historia han existido. En una sociedad marcadamente clasista, digamos las sociedades esclavistas, los maestros de las clases nobles serían personalidades vinculadas a la casta gobernante, distintos de aquellos que desde el llano, junto a los sectores desprotegidos, ejercían una actividad educativa elemental, en una estrecha vinculación con la comunidad.
Docencia y protagonismo histórico
Sin embargo, en todos los casos, los maestros que ejercen la docencia de manera sospechosa como decía Freud, han tenido que ver con el destino de la humanidad, han contribuido a la lucha por mejorar el “reino de la especie”. Lo vemos en el ámbito planetario, latinoamericano y nacional. En el mundo, los maestros de la Grecia antigua fueron los encargados de formar a las élites gobernantes. El caso de Aristóteles sobre Alejandro es bastante conocido; y lo mismo podemos decir del Perú antiguo. Sin los Amautas no se hubiera podido formar a los miembros de la elite dirigente, no solo en el ámbito administrativo, sino como depositarios y estudiosos del saber y la cosmovisión andinos, que lamentablemente fue destruida por los invasores hispanos, que impusieron la cultura occidental.  
A lo largo de la historia peruana, latinoamericana y universal siempre tuvimos maestros que destacaron impartiendo sabiduría, forjando personalidad,  educando en valores; y en muchos casos, sembrando la semilla libertaria y de la dignidad.
Lo que sí se debe señalar es lo siguiente: el proyecto independentista de nuestro país y de los demás pueblos de Latinoamérica, fueron gestados por la burguesía o casta criolla que, no obstante su posición progresista y de avanzada, no supo identificar a las masas nativas como parte de la sociedad peruana y latinoamericana.
Esa es la principal deficiencia de esta gesta heroica. Por eso es que los maestros paradigmas que registra la historia de nuestros pueblos no dan cuenta de  maestros indios que hayan asumido la tarea de impulsar o contribuir al proyecto emancipador. Sin embargo, no podemos pasar por alto que hombres de la talla de Túpac Amaru II fueron resultado y producto de maestros que en el ambiente de la educación formal o en el ámbito de la educación no formal, influyeron en el pensamiento y la acción de líderes revolucionarios. Así tenemos el caso sus maestros Antonio López de Sosa y Carlos Rodríguez de Ávila, que ayudaron a tener una visión de su cultura y de su historia. De alguna manera, las lecturas, las leyendas y las canciones orales le dieron el perfil del líder que todos los peruanos y latinoamericanos le reconocemos. Falta estudiar hasta qué punto, el revolucionario conoció la obra del cronista Inca Garcilaso de la Vega.

Docencia emancipadora de Simón Rodríguez
Tengamos en cuenta que fueron maestros los que influyeron en el pensamiento de los criollos que lucharon por la emancipación de nuestra América. Especial mención merece Simón Rodríguez (1769-1854), no solo porque fue maestro de Simón Bolívar, sino porque fue un hombre autodidacta, que desde la lectura, la investigación y la reflexión, aportó a la formación del espíritu crítico entre sus alumnos; además de contribuir al mejoramiento de la educación pública.
Se sabe que cuando ingresó como maestro de lectura y escritura por encargo del Cabildo de Caracas, dotado ya de acuciosa capacidad de observador e investigador, escribió “Reflexiones sobre los defectos que vician la escuela de primeras letras en Caracas y medios para lograr su reforma por un nuevo establecimiento”. De aquella chispa saldría iluminado Simón Bolívar, quien estudiaba en aquella escuela siendo apenas un niño”
Sus reflexiones son resultado de una asimilación teórico-crítica del pensamiento de J.J. Rousseau, pero tienen que ver con (sus) las  observaciones que hizo de la educación escolástica, dogmática y clasista. Rodríguez no se quedó en la simple crítica, sino que planteó una serie de propuestas para mejorarla. Un juicio que existe sobre él y que lo caracteriza se refiere a la forma cómo se entregaba cuando enseñaba. En ese proceso generalmente tenso, sus alumnos disfrutaban de sus enseñanzas y no mostraban síntomas de aburrimiento.  Aquí tenemos un referente los maestros.   
Cuando Bolívar selló al mando del Ejército Libertador la independencia del Perú, Rodríguez recorrió nuestra patria. En Arequipa escribió “Sociedades Americanas”, donde señaló que los pueblos nuestros tienen que inventar o irremediablemente irán al fracaso.  Lo planteó hace ya cerca de 200 años sigue siendo un reto.
Rodríguez de Mendoza: un maestro del Perú
Otro caso digno de mención es el del maestro peruano Toribio Rodríguez de Mendoza. La historia del país no lo ha puesto en el sitial que legítimamente le corresponde. Nació en Chachapoyas, región de nuestra Amazonía, en 1750 y murió en Lima en 1825. Se dice que después de refrendada la victoria definitiva del Perú sobre España, el maestro “se fue en paz”.
Rodríguez de Mendoza se preocupó, en su condición de Rector del Convictorio de San Carlos, por formar una élite pensante de la clase social dirigente para que ésta asumiera la viabilidad de emancipar la sociedad del yugo colonialista español.
Con esa finalidad su institución educativa influyó en el pensamiento de los alumnos destacados y los preparó para que sean sujetos del cambio y la transformación de la sociedad de su tiempo. En efecto, muchos protagonistas de la Independencia se formaron en los claustros donde ejerció autoridad pero sobretodo influencia: San Carlos o de San Marcos. Destacaron sus alumnos Manuel Lorenzo de Vidaurre, Francisco Javier Mariátegui, José Faustino Sánchez Carrión, Manuel Pérez de Tudela, entre otros. Todos cumplieron una labor destacada en el proceso de construcción de la República.
Al mismo tiempo, como ocurrió con Simón Rodríguez, se preocupó por la educación pública básica. Avizoró las contradicciones y los desencuentros entre las culturas y etnias nativas con los criollos, y con el propósito de resolverlas trazó propuestas educativas donde la enseñanza del idioma español tuvo un lugar preferencial en los programas de estudios. Por ahí estaba la ruta –según él- para lograr que todos los peruanos, criollos, mestizos e indios tuvieran los mismos derechos y las mismas obligaciones. La actividad lectora no debía ser una simple repetición memorística, sino que lo que se leía debía ser aprendido y comprendido.
También diseñó propuestas para peruanizar el Plan de Estudios. Abogó por una educación que enseñara la ciencia, nuestra historia y nuestra geografía. Se puede percibir que desde esos tiempos, el síndrome colonial estaba muy metido en la cabeza de las autoridades. Y la educación era clave para salir del avasallamiento mental. El mérito del maestro Rodríguez es el haber advertido a tiempo.  
Ambos, el venezolano y el peruano fueron maestros que conspiraron y trabajaron para darle la ansiada libertad a nuestros pueblos. Cuando ingresaron ambos a la causa que iba en el sentido de la historia lo hicieron no para obtener ventajas individuales sino porque se sentían parte de una causa hermosa: la de servir a la felicidad del género humano.