En la ciudad de Piura, donde el sol asoma desde que cae la
madrugada, nació Miguel Gutiérrez Correa, el 27 de Julio de 1940. Los que hacen
literatura, o la estudian, saben que esa tierra con aroma de aroma a algarrobo,
de vientos cargados de costales de arena, de gente de diversidad étnica y
cultural; de leyendas que se mezclan con la realidad, y de movimientos sociales
intensos en el sector urbano o rural, posee posé una fuerza que inspira a hacer
buena literatura. Y Gutiérrez es una muestra de lo que decimos.
Quien conozca su obra y haya crecido en Piura sabe, por
ejemplo, que en El Viejo Saurio se Retira (1969) es la historia de un
adolescente de un colegio que tiene nombre propio: Salesiano; que aún existe a
la orilla del río; que el Puente Viejo, que el escritor utiliza como uno de los
escenarios de la novela, existió, y que se fue cuando la artritis que viene con
los años carcomió sus maderos; que los curas eran identificables y que el
profesor Albán, brillante conocedor de la literatura y de palabra cálida, fue
un docente paradigmático -como decimos ahora- y un apasionado militante del
MIR.
En Hombres de Caminos, la temática y el aire que se respiran
en la novela corresponden al ambiente rural de Piura. Los hombres que acechan los
caminos viven al margen de la ley y han decidido no solo apartarse del orden
establecido, sino desafiar el sistema que se vertebró desde la casa-haciendas y
los gamonales cercaron con púas y maldades. Ello no impidió que hombres como
Domador y Pasión López, aparecieran para cobrar revancha en nombre de los
débiles. Incluso, Ya en pleno siglo XX, un remanente de carne y hueso, Froilán
Alama, mantuvo en zozobra el orden regional.
Gutiérrez no se quedó en Piura. Al Igual que Marco Martos, y mucho más antes Francisco Vegas
Seminario, el autor de El Taita Yoveraqué, migraron. Dejaron el terruño y se
instalaron lejos de la estancia querida. Gutiérrez, igual que Oswaldo Reynoso,
se convirtió en escritor no solo comprometido sino militante de una causa
transformadora y liberadora.
Empezó su camino docente en Lima. Como la mayoría de los
escritores, no vivió de las editoriales ni de su literatura. Ejerció la cátedra
en diversas universidades públicas. En Lima fue docente en "Enrique Guzmán
y Valle - La Cantuta", y en Ayacucho, en "San Cristóbal de
Huamanga". Fue miembro del Grupo Narración, que aspiró a una literatura
que fuera más o menos ubicándose, no como copia sino como necesidad, a lo que
recomendaba el Foro de Yenán, que Mao trazó para los escritores y artistas para
China, en el periodo de la gran marcha.
Y entre docencia y literatura, acompañadas ambas de pasiones
ideológicas, fue haciendo una obra que, como pocas, no solo es creación, sino
testimonio de vida de un hombre que nos habla de un país que siempre estuvo
marcado por la violencia, incluso desde antes de la llegada de los heraldos
invasores, con sus vicios y su voracidad.
De sus obras y de sus ensayos no daremos detalles en este
breve artículo de homenaje. Nos basta decir que en su novela La Violencia del
Tiempo se reflejan los conflictos estructurales: no sólo económicos, sino
sociales e interétnicos. Que sus temas posteriores tengan en Sendero Luminoso
un fenómeno recurrente, tuvo que ver con su vida y sus convicciones, que este
escriba no comparte pero que siempre respetará.
Su última obra, que nos deja es Kymper. Trata de la vida de
un perseguido por el poder emparentado con los criminales del "Comando
Rodrigo Franco", la tenebrosa organización que creó Mantilla con la
bendición de un Papa mofletudo con muchas deudas por saldar; por Sendero, que
debe someterlo a un juicio popular; y por su propia familia. Tres fuerzas
contra un Kymper, que huyendo,
moviéndose de un lugar a otro; el autor aprovecha al máximo para mostrarnos al Perú
contemporáneo de manera desgarradora e integral.
Se fue el Maestro. Nosotros nos quedamos aún, hablando y
escribiendo de su vida y de su obra. Lo recordamos cuando volvía a Piura,
cuando íbamos a buscarlo los bisoños escritores en ciernes. Nos recibía con
amabilidad en la Cafetería Brasil -que ya no existe- y que quedaba a mitad del
camino entre el Puente Viejo y La Mangachería.
Maestro, vaya no más, pero, dejamos constancia que nos hará
falta.

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