DOS PARADIGMAS: SIMÓN RODRÍGUEZ Y TORIBIO RODRÍGUEZ DE MENDOZA
El
educador como sujeto social
El docente es el sujeto social
que a lo largo de toda la historia ha sido protagonista de procesos orientados
a formar en los seres humanos valores agregados: capacidades cognitivas; desarrollo
de habilidades, destrezas y aptitudes; así como desenvolverse en la práctica de
valores. El docente actúa sobre el mundo biológico y físico y también sobre el
mundo espiritual, mental y cultural.
El guía del proceso educativo
aspira que los postulados y principios teóricos de la educación, así como los
objetivos que ésta se traza, puedan hacerse realidad. Sin embargo, todo lo
positivo que el sistema educativo pueda programar, quedará como “buena
intención” si es que la sociedad se sostiene sobre bases que socavan los
ideales de una sociedad solidaria.
Desde los tiempos
primitivos, incluso desde mucho antes de que aparecieran la jerarquización y las
diferencias en el interior de las sociedades, las actividades educativas ya
existían. Si bien no hubo personas ni entidades dedicadas específicamente a
educar, la formación de los seres humanos era parte del proceso de
socialización, de reproducción e innovación del conocimiento, así como del
respeto e identidad con la comunidad a la que se pertenecía. Como bien dice
Aníbal Ponce: “la educación era para la vida por medio de la vida”.
Con el avance y evolución de
las sociedades, la educación se convirtió en una actividad de especialización.
La división de formas y clases de educación tienen que ver con las clases de sociedad
que a lo largo de la historia han existido. En una sociedad marcadamente
clasista, digamos las sociedades esclavistas, los maestros de las clases nobles
serían personalidades vinculadas a la casta gobernante, distintos de aquellos
que desde el llano, junto a los sectores desprotegidos, ejercían una actividad
educativa elemental, en una estrecha vinculación con la comunidad.
Docencia
y protagonismo histórico
Sin embargo, en todos los
casos, los maestros que ejercen la docencia de manera sospechosa como decía
Freud, han tenido que ver con el destino de la humanidad, han contribuido a la
lucha por mejorar el “reino de la especie”. Lo vemos en el ámbito planetario, latinoamericano
y nacional. En el mundo, los maestros de la Grecia antigua fueron los
encargados de formar a las élites gobernantes. El caso de Aristóteles sobre
Alejandro es bastante conocido; y lo mismo podemos decir del Perú antiguo. Sin
los Amautas no se hubiera podido formar a los miembros de la elite dirigente,
no solo en el ámbito administrativo, sino como depositarios y estudiosos del
saber y la cosmovisión andinos, que lamentablemente fue destruida por los
invasores hispanos, que impusieron la cultura occidental.
A lo largo de la historia peruana,
latinoamericana y universal siempre tuvimos maestros que destacaron impartiendo
sabiduría, forjando personalidad, educando en valores; y en muchos casos,
sembrando la semilla libertaria y de la dignidad.
Lo que sí se debe señalar es
lo siguiente: el proyecto independentista de nuestro país y de los demás
pueblos de Latinoamérica, fueron gestados por la burguesía o casta criolla que, no obstante su posición progresista y de avanzada,
no supo identificar a las masas nativas como parte de la sociedad peruana y
latinoamericana.
Esa es la principal
deficiencia de esta gesta heroica. Por eso es que los maestros paradigmas que
registra la historia de nuestros pueblos no dan cuenta de maestros indios que hayan asumido la tarea de
impulsar o contribuir al proyecto emancipador. Sin embargo, no podemos pasar
por alto que hombres de la talla de Túpac Amaru II fueron resultado y producto
de maestros que en el ambiente de la educación formal o en el ámbito de la
educación no formal, influyeron en el pensamiento y la acción de líderes
revolucionarios. Así tenemos el caso sus maestros Antonio López de Sosa y
Carlos Rodríguez de Ávila, que ayudaron a tener una visión de su cultura y de
su historia. De alguna manera, las lecturas, las leyendas y las canciones orales
le dieron el perfil del líder que todos los peruanos y latinoamericanos le
reconocemos. Falta estudiar hasta qué punto, el revolucionario conoció la obra
del cronista Inca Garcilaso de la Vega.
Docencia
emancipadora de Simón Rodríguez
Tengamos en cuenta que
fueron maestros los que influyeron en el pensamiento de los criollos que
lucharon por la emancipación de nuestra América. Especial mención merece Simón
Rodríguez (1769-1854), no solo porque fue maestro de Simón Bolívar, sino porque
fue un hombre autodidacta, que desde la lectura, la investigación y la
reflexión, aportó a la formación del espíritu crítico entre sus alumnos; además
de contribuir al mejoramiento de la educación pública.
Se sabe que cuando ingresó como
maestro de lectura y escritura por encargo del Cabildo de Caracas, dotado ya de
acuciosa capacidad de observador e investigador, escribió “Reflexiones sobre
los defectos que vician la escuela de primeras letras en Caracas y medios para
lograr su reforma por un nuevo establecimiento”. De aquella chispa saldría
iluminado Simón Bolívar, quien estudiaba en aquella escuela siendo apenas un
niño”
Sus reflexiones son
resultado de una asimilación teórico-crítica del pensamiento de J.J. Rousseau,
pero tienen que ver con (sus) las observaciones que hizo de la educación escolástica,
dogmática y clasista. Rodríguez no se quedó en la simple crítica, sino que
planteó una serie de propuestas para mejorarla. Un juicio que existe sobre él y
que lo caracteriza se refiere a la forma cómo se entregaba cuando enseñaba. En
ese proceso generalmente tenso, sus alumnos disfrutaban de sus enseñanzas y no
mostraban síntomas de aburrimiento. Aquí
tenemos un referente los maestros.
Cuando Bolívar selló al
mando del Ejército Libertador la independencia del Perú, Rodríguez recorrió nuestra
patria. En Arequipa escribió “Sociedades Americanas”, donde señaló que los
pueblos nuestros tienen que inventar o irremediablemente irán al fracaso. Lo planteó hace ya cerca de 200 años sigue
siendo un reto.
Rodríguez
de Mendoza: un maestro del Perú
Otro caso digno de mención
es el del maestro peruano Toribio Rodríguez de Mendoza. La historia del país no
lo ha puesto en el sitial que legítimamente le corresponde. Nació en
Chachapoyas, región de nuestra Amazonía, en 1750 y murió en Lima en 1825. Se
dice que después de refrendada la victoria definitiva del Perú sobre España, el
maestro “se fue en paz”.
Rodríguez de Mendoza se
preocupó, en su condición de Rector del Convictorio de San Carlos, por formar
una élite pensante de la clase social dirigente para que ésta asumiera la
viabilidad de emancipar la sociedad del yugo colonialista español.
Con esa finalidad su
institución educativa influyó en el pensamiento de los alumnos destacados y los
preparó para que sean sujetos del cambio y la transformación de la sociedad de
su tiempo. En efecto, muchos protagonistas de la Independencia se formaron en
los claustros donde ejerció autoridad pero sobretodo influencia: San Carlos o
de San Marcos. Destacaron sus alumnos Manuel Lorenzo de Vidaurre, Francisco
Javier Mariátegui, José Faustino Sánchez Carrión, Manuel Pérez de Tudela, entre
otros. Todos cumplieron una labor destacada en el proceso de construcción de la
República.
Al mismo tiempo, como
ocurrió con Simón Rodríguez, se preocupó por la
educación pública básica. Avizoró las contradicciones y los desencuentros entre
las culturas y etnias nativas con los criollos,
y con el propósito de resolverlas trazó propuestas educativas donde la
enseñanza del idioma español tuvo un lugar preferencial en los programas de
estudios. Por ahí estaba la ruta –según él- para lograr que todos los peruanos,
criollos, mestizos e indios tuvieran los mismos derechos y las mismas
obligaciones. La actividad lectora no debía ser una simple repetición memorística,
sino que lo que se leía debía ser aprendido y comprendido.
También diseñó propuestas para
peruanizar el Plan de Estudios. Abogó por una
educación que enseñara la ciencia, nuestra historia y nuestra geografía. Se
puede percibir que desde esos tiempos, el síndrome colonial estaba muy metido
en la cabeza de las autoridades. Y la educación era clave para salir del
avasallamiento mental. El mérito del maestro Rodríguez es el haber advertido a
tiempo.
Ambos, el venezolano y el
peruano fueron maestros que conspiraron y trabajaron para darle la ansiada
libertad a nuestros pueblos. Cuando ingresaron ambos a la causa que iba en el
sentido de la historia lo hicieron no para obtener ventajas individuales sino
porque se sentían parte de una causa hermosa: la de servir a la felicidad del
género humano.


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