Por Julio Yovera
En una sociedad abatida por una
crisis integral, la educación no es la excepción. Por más medidas paliativas
que las autoridades han dado, los fracasos han estado anunciados. Se ha perdido
el rumbo y eso de por sí explica el bajo nivel de calidad del sistema educativo
y que la brecha entre propósitos trazados con objetivos y metas logrados, sea
cada vez mayor.
El mal es histórico,
integral y estructural. Histórico porque –pareciera redundante decirlo-, la educación,
desde el momento en que se interrumpió el proceso de desarrollo autónomo y se
impuso una dominación foránea, fue siempre colonial y colonizadora.
Mariátegui señaló que los
sistemas y modelos obedecieron a los intereses de los sectores dominantes de
España. Lograda la independencia, en
1821, la casta criolla “dirigente” no pudo articular un proyecto nacional de desarrollo,
esto pese al esfuerzo de algunos patriotas, que insistieron en la necesidad de
construir la nación peruana y que ésta no excluyera a los sectores étnicos y
culturales nativos.
Lograda la independencia, se
configuró un orden semicolonial. La educación fue diseñada, en términos
teóricos, cognitivos y de gestión, bajo una fuerte influencia francesa,
primero, y, posteriormente, norteamericana. Los programas y sistemas educativos
no reflejaron la realidad del Perú y se preocuparon por formar ciudadanos orgullosos
de su identidad y capacidad para crear ciencia y tecnología.
La constante de las diversas
propuestas educativos ha sido tan desacertada como la política, la economía y
la cultura, que impusieron los diversos regímenes. Es verdad que en algunos
momentos se dieron cambios; pero fueron o improvisadas o socavados. Solo con la
experiencia del general Juan Velasco, a finales de los 60s e inicios de los 70s,
se propuso una reforma educativa que reconocía la compleja vastedad cultural;
la ausencia de una relación entre estructura productiva y educación; el atraso
educativo y cultural del país; y el archipiélago de etnias y lenguas. Recién,
de manera oficial, nos reconocimos como una sociedad pluricultural multiétnica
y multilingüe.
Se visionó desde el Estado dos
variables: dominación foránea e interna y dependencia y servidumbre. La
educación por primera vez abordó este problema. Cuando desde el interior del gobierno
se derrocó a Velasco, se desmanteló todo lo avanzado. Se inició entonces un
reacomodo de los sectores conservadores. La educación volvió a ser una
actividad de espaldas a los anhelos de cambio que existían en el país.
Los maestros, a lo largo de
toda la vida republicana no tuvieron participación en ninguna instancia del
Estado, ni siquiera en los asuntos de educación. Sin embargo, hubieron casos
como los de Elvira García, Teresa González de Fanning, José Antonio Encinas, le
dieron coherencia a la relación: educación y realidad nacional. Pero, era
insuficiente; más si actuaban al margen del Estado.
En los últimos treinta años,
coincidiendo con la aplicación del modelo neoliberal, la crisis de la educación
se ha acentuado. Responsable político de esta desgracia es Alberto Fujimori. Lo
irónico de este periodo fue que, paradójicamente, hubo quienes señalaron que el
Perú ingresaba a la “excelencia” educativa.
La “modernización” se asumió
como sinónimo de impulso en la construcción de los locales de las instituciones
educativas, pero no en la formulación de una propuesta que fijara los
lineamientos de una educación sostenida y cohesionada con la compleja realidad
del país y con la necesidad de darle a los docentes mejoras sustantivas, no
solo económica sino también referidas a su formación científica, académico
profesional, incluyendo el aspecto didáctico y metodológico.
En el 2003 la educación fue
declarada en emergencia, pero, no se trazó ningún plan serio para enfrentar esta
emergencia. Para José Rivero, a quien rendimos homenaje en estas fechas, la crisis
de la educación se puede identificar desde las siguientes aristas: deterioro
magisterial, escaso financiamiento, problemas de gestión y organización del
sistema educativo público.
Señalaba Rivero: “En el
primer estudio regional comparativo desarrollado por la UNESCO entre 1997 –
1998, el gobierno del Perú fue el único de los trece países participantes que
no publicó sus resultados”.
Pero, ¿por qué una decisión
de esta naturaleza?, porque ocupábamos los últimos lugares en los resultados de
las pruebas aplicadas, precisamente en los momentos de embriaguez fujimorista.
Todos los análisis más o
menos serios, incluyendo el que elaboró en 1993, las agencias internacionales
como PNUD, GTZ, BM, UNESCO (COREAL) llegaron a la conclusión que no obstante
“el alto índice de acceso a la cobertura educativa su calidad era crítica”.
Se concluía en lo que ya
algunos estudiosos y organizaciones especializadas, incluyendo al gremio
magisterial, el SUTEP, habían formulado. La crisis de nuestra educación tiene
que ver con hechos que trascienden los ámbitos del aula.
La crisis de la educación
tiene que ver con: “la ausencia de un Proyecto Nacional de Educación; carencia
de inversión en el sector; democracia rígida unida a un exceso y superposición
de normas y procedimientos de gestión administrativa y financiero sobre
pedagogía; falta de idoneidad del currículo básico (no se tenía en cuenta el
carácter heterogéneo que debe tener nuestra educación); carencia de material
educativo pertinente (las editoriales no conocen la realidad ni tampoco la
especialidad; deterioro y falta de infraestructura y mobiliario escolar”.
Se creó entonces un programa
de mejoramiento educativo que terminó en el más rotundo fracaso. Y es que
ninguna política y propuesta saldrá adelante en tanto este modelo económico persista.
Nos permitimos formular las
siguientes preguntas: ¿podría funcionar una educación para la formación
ciudadana, en una sociedad autoritaria, que tiene como norma y como cultura,
ejecutar sin consultar a nadie, ni siquiera a los maestros?
¿Una clase social dominante como
la que gobierna el país, que no tiene la cultura de la planificación, estará en
condiciones de levantar propuestas de mediano y largo plazo?
¿Si se persiste en un modelo
exclusivamente extractivista, se podrá incentivar e impulsar una educación que
priorice desde el nivel básico, la investigación para el impulso y desarrollo
de la ciencia?
¿Si los grupos de poder se
han hecho más hegemónicos amparados con actos de corrupción, inmoralidad y
narcotráfico, estarán interesados en sentar las bases para la puesta en marcha
de una educación en valores?
¿Si se desprecia a nuestras
culturales ancestrales en sectores supuestamente “cultos” pero atollados de
prejuicios e ignorancia, podrá hacerse viable una educación inclusiva?
Sobre estos temas nada se
dice. Y por eso son temas hasta ahora no resueltos en la educación del país. En
muchos otros aspectos, el grave problema que se tiene es el siguiente: la
educación no es asumida como la principal inversión social y económica que el
país debe emprender.
Hace poco Chiroque escribía
lo siguiente: en el 2014, la gestión actual del Ministerio de Educación
devolvió al Tesoro Público el 14.6% de su presupuesto. ¿Tiene explicación
lógica esto? No hay ninguna explicación, excepto que las direcciones encargadas
de invertir no conocen el sector.
Mientras la educación
pública se acerca al hoyo, la educación privada sigue ampliando su cobertura de
servicio. De seguir esa tendencia, en un
breve tiempo más, la educación pública será una modalidad en extinción. Las cifras
existentes, más categóricas que cualquier otro argumento lo confirman.
Referencias:

No hay comentarios:
Publicar un comentario