
Por Percy Julián
Para nosotros, comprometidos en la construcción de una sociedad justa, culta, humana y solidaria, es muy importante resaltar el valor de la palabra “Madre”, como un motivo que ha servido para que poetas, líderes y cantautores expresen sus inspiraciones, sentimientos y esperanzas sobre un ser de carne y hueso, generadora de vida y compromiso con el destino del hombre y la tierra; más aún en estos tiempos difíciles de terrible borrasca neoliberal.
El poeta puneño Carlos Oquendo de Amat (1906–1936), al estilo vanguardista, escribió el poema más bello y tierno llamado “Madre”; donde refleja que tan sacra palabra arriba en forma dulce cual mensajero de paz, que al evocar, años más tarde, expresa pureza, amor y alegría:
“Tu nombre viene como las músicas humildes
y de tus manos vuelan palomas blancas
Mi recuerdo te viste siempre de blanco
como un recreo de niño que los hombres miran desde aquí distante
Un cielo muere en tus brazos y otro nace en tu ternura…”
César Vallejo (1892-1938), poeta universal, escribió “Los pasos lejanos”, donde extraña a mamá María, recuerda sus quehaceres, así como el infinito amor maternal que le brindó:
Y mi madre pasea allá en los huertos,
saboreando un sabor ya sin sabor.
Está ahora tan suave,
tan ala, tan salida, tan amor.
De Abraham Valdelomar (1888-1919), escritor iqueño, rescatamos los versos de “Tristitia”, que evocan el afecto maternal, que cual bálsamo divino nos brinda eterno regocijo en medio de la naturaleza:
Dábame el mar la nota de su melancolía;
el cielo, la serena quietud de su belleza;
los besos de mi madre, una dulce alegría,
y la muerte del sol, una vaga tristeza.
Nuestro Horacio Zeballos Gámez (1942-1984) -epónimo e inolvidable líder magisterial que deslumbró en la década del 70, historia que sugerimos investigar al magisterio joven- escribió “Alegrías de la prisión”; título paradójico que refleja el cautiverio del guerrero regocijándose al recordar las enseñanzas de mamá Sabina, quien falleciera después de la batalla (Huelga de1979) del combatiente Amaru y el magisterio nacional en lucha contra la dictadura militar:
“Uva
vieja
dulce
convertida en pasa de tanto esperarme
De ti aprendí a abrir murallas deshojando las rosas del tiempo
a comprender la adversidad con la misma sonrisa de niño
…………………………………………………………..
Esta prisión que vivo tiene más de tu aliento
que de martirio…”
Gracias a Derrama Magisterial, la esposa e hijos del mítico líder popular publicaron poemas inéditos de Horacio en el año 2000, escrito en diciembre de1979 en Arequipa, según legó el mismo HZG, con el título “Alegrías del prisionero”; del cual resaltamos el poema Sabina:
Sabina
Hemos soportado miserias y engaños.
MADRE,
En tu corazón me construyeron
Mitad paloma mitad guerrero
Tus hijos pronunciamos paz
Por tus labios bien abiertos
Mi corazón no sabe arrastrarse.
Tal vez de no haber sido
Por tu buena precaución
Hoy fuera un esclavo más
Cantando “Somos libres”.
Si nos remitimos a la fecha en que Horacio escribió el poema, deducimos que fue como producto de la irreparable pérdida de su señora madre Sabina, quien marchara a la eternidad un 28 de diciembre de 1979; ya que los primeros versos reflejan dolor y amargura; seguido de un reconocimiento vital que le dio amor y valor para anhelar paz y libertad con honor, decoro y sacrificio; jamás arriar sus banderas de lucha y postrarse ante el tirano; a pesar de los cantos de sirena que anuncian "libertad".
Finalmente, ratificamos nuestro compromiso de seguir luchando por una patria para todos, donde tenga un lugar especial la madre trabajadora, la madre maestra, la madre sacrificada y amorosa, la madre de carne y hueso con virtudes y defectos, pero sobre todo con mucho amor y preocupación por sus pequeños; tal como nos lo muestra el cantautor peruano Manuel Acosta Ojeda (1930) en el inolvidable vals “Madre”:
Madre, cuando recojas con tu frente mi beso
todos los labios rojos, que en mi boca pecaron
huirán como sombras cuando se hace la luz.
Madre, esas arrugas se formaron pensando
¿Dónde estará mi hijo, por qué no llegará?
Y por más que las bese no las podré borrar.
Madre, tus manos tristes como aves moribundas
¡Déjame que las bese! Tanto, tanto han rezado,
por mis locos errores y mis vanas pasiones.
Y por último, Madre, deja que me arrodille,
y sobre tu regazo, coloque mi cabeza.
Y dime: ¡Hijo de mi alma!, para llorar contigo.
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